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Hemeroteca :: Edición del 01/04/2005 | Salir de la hemeroteca
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Pie a tierra

Fernando ESCRIBANO
Última actualización 01/04/2005@00:00:00 GMT+1
Ocurrió durante el mundial de fútbol de Argentina en 1978. A punto de terminar un trascendental encuentro para nuestra selección, el centrocampista Julio Cardeñosa falló un disparo, en boca de gol, que habría supuesto la victoria de nuestro equipo frente a Brasil. El partido terminó con empate a cero, lo que supuso la eliminación de España en la primera fase de la competición.

Al día siguiente apareció en una calle de mi barrio una pintada que reflejaba a la vez el gracejo popular y toda la mala leche de una afición que vive con pasión los avatares de su selección. La pintada rezaba: “Cardeñosa al paredón” y allí se quedó durante más de una década. Más allá del chiste y por muy clamoroso que fuera el fallo, no deja de ser patético el hecho de pasar a la historia por tal circunstancia. Asimismo, resulta injusto porque si Cardeñosa no hubiera marrado el gol muy posiblemente el nombre del futbolista habría quedado en el olvido.

Tras esta introducción me permito hacer una llamada a la reflexión, pues el caso que acabo de exponerles ilustra muy gráficamente la ingratitud de la memoria popular y lo indefensos que todos estamos ante la arbitraria fortuna.

Lo cierto es que ahora que comienza una nueva temporada de competiciones es preciso enfundarse un caparazón que nos haga fuertes ante las posibles y muy probables derrotas que vamos a cosechar durante los próximos meses. Por eso, personalmente, admiro a quienes año tras año engrosan los órdenes de salida en las diferentes disciplinas hípicas aun sabiendo que terminarán la prueba muy lejos de los primeros puestos. Aquellos que saben que cada salida a pista es una moneda al aire y no les importa de qué lado caiga. Aquellos que sólo piensan en disfrutar haciendo lo que más les gusta. A todos les animo para que sigan adelante aunque escuchen la campana mientras realizan su reprise o se encuentren con un segundo rehuse ante un obstáculo.

Además de inspirarme todo mi respeto, creo que personifican el más puro espíritu deportivo. Su afición y su cordura en la sana competencia es mucho mayor que la de otros que, con sobredosis de autoestima y sin haber obtenido un triunfo importante en toda su carrera deportiva, alardean de un currículo inexistente y se permiten la arrogancia de mirar por encima del hombro al resto de los mortales.

Sirva, por tanto, esta columna como mi homenaje a los anti-héroes, a los sin suerte. Sin ellos nada sería posible y para ellos una frase que acabo de escuchar a una eminencia en sociología: “Dichosos los que luchan y sueñan, porque ellos corren el dulce riesgo de ver realizados sus deseos”.
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