Desde Jerez
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| Felipe Morenes y de Giles |
Última actualización 01/01/2005@00:00:00 GMT+1
Me gustan, las cuatro estaciones; el año agrícola comienza con el Otoño, que es la esperanza y la ilusión; el Invierno, incertidumbre; la Primavera, explosión de belleza y plasticidad; Verano, el momento de hacer balance.
En el otoño, si hay suerte que las lluvias aparezcan tempranas y el ganadero es diligente, comenzarán a brotar las alcaceladas que estarán a punto para ser comidas cuando las yeguas demanden su rico alimento para ellas y sus potrillos. Las yeguas si han sido alimentadas correctamente, estarán abundosas de carnes, desparasitadas y próximas a la paridera. Éste se producirá la mayoría de la veces, en la oscuridad de la noche, a fin de que las sombras la protejan del ataque de alguna fiera. Es un instinto atávico que perdura enmarcado en la belleza de la naturaleza inalterada, como acertadamente cuenta el vaquero mestizo del oeste americano, Monty Roberts, acerca de su descubrimiento sobre el lenguaje de los caballos y otros animales. En el Otoño, con las primeras lluvias, caen de encinas y alcornoques las bellotas, suculento manjar que no hace bien solamente a cerdos, sino también a yeguas y vacas en las dehesas. Para que esta proporcione su benéfica alimentación debe ir acompañada de hierba abundante. Y que listas son las yeguas. . . cómo saben cuáles son los árboles que las producen más dulces.
En el otoño, el pelaje de las yeguas se embastece; se vuelve más duro y más largo para protegerlas del frío y de la humedad. Ese pelaje tosco perdurará hasta que lleguen las templadas temperaturas de febrero, cayéndose gradualmente y dando paso a otro nuevo, fino, lustroso, sedoso, siendo mejor mientras más bocados de alcacel haya tomado la yegua. En esta estación se raparán las crines en una tradicional operación que se conoce en los campos andaluces por la “tusa” de las yeguas, que obedece a unas antiquísimas reglas. Las crines del cuello se pelarán hasta el fondo del mismo, a fin de que los parásitos que en ellas haya acumulados del verano, se pierdan y no aparezcan nuevos. El flequillo de entre las orejas se les deja para que, sacudiéndolo, puedan ahuyentar las moscas y éstas no les molesten los ojos.
La cola ha de pelarse desde su comienzo hasta un par de dedos más abajo de la natura; con la finalidad de que la yegua que ha parido no se ensucie con los fluidos que se producen durante y después del parto. El final de las crines de la cola, se corta limpiamente a fin de que no se adhieran cardos, ramas o semillas.
Me dijeron una vez un pensamiento atribuido al sabio Profeta Mahoma: “No existe mayor placer para serenar el espíritu que ver pacer una piara de yeguas”. Yo lo suscribo.