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Última actualización 01/11/2004@00:00:00 GMT+1
A pocos kilómetros de Madrid esta finca, enmarcada en una zona de gran contenido histórico, nos permite disfrutar de la naturaleza a galope
Esta comarca de los Montes de Toledo tiene su origen histórico en la necesidad de repoblar el territorio que había quedado semidesierto tras la huida de los islámicos, al ser conquistado Toledo por Alfonso VI, y de fortalecer la defensa de la nueva frontera.

No obstante, esta zona de nadie sólo pudo ser repoblada de forma efectiva cuando desapareció el peligro de ofensivas, razzias o algaradas musulmanas, hecho que no pudo lograrse hasta el reinado de Alfonso VIII (1158 – 1214).

Situada entre las sierras de San Pablo y la de Los Yébenes, rodeada por las poblaciones de Ventas con Peña Aguilera, Cuerva, Pulgar y Mazarambroz, se halla la Sierra de El Castañar, con la altura mayor en el Risco del Amor, de 1340 m. de altitud.

En sus escabrosidades, la dehesa y el convento del mismo nombre. A sus pies, el Palacio de los Condes de Finat y las Casas Rojas en los aledaños del arroyo de San Martín de la Montiña, al que confluyen en las cercanías el del Espinarejo y el de Carboneras. Todos ellos afluentes del más importante denominado Guajaraz, a su vez afluente del Tajo.

La vegetación
Está construida esencialmente por encinas, de las que a principios de siglo se decía que había cerca de 40.000, y matorrales “carrascas”, acompañadas por fresnos, robles, álamos, nogales, jaras, madroños, romero, yerbas botánicas olorosas y pastizales.

También existe un bosque de castaños al pie de la sierra que, por su excepcionalidad, da nombre a la dehesa o finca. Entre los animales silvestres abundan los zorros, ciervos, jabalís, conejos... lo que proporciona la posibilidad de abundante caza, siendo ya considerado excelente lugar para tal menester en el libro de la montería de Alfonso XI.

Historia
Al ser extinguida la orden de Los Caballeros del Temple en 1309, los territorios que ocupaban volvieron a la corona y Fernado IV (1295-1312) entregó La Dehesa del Castañar como señorío jurisdiccional, a la familia de los Palomeque de Olías, en recompensa de los servicios prestados a la corona. Antes de que los Palomeque Rodríguez de Guzmán se constituyeran como señores de la Dehesa del Castañar, y aprovechando la reconquista del país, algunos ermitaños fundaron una ermita en la fragosidad de la sierra, junto a un bosque de castaños. El convento y el templo se construyeron retirados de la primitiva ermita, en que quedaría durante algunos años la venerada imagen de la Virgen Blanca o Nuestra Señora del Castañar.

El siglo XVIII y más aún el XIX, pasaron su factura al convento franciscano de El Castañar, que atravesó momentos de gran dificultad.

Durante el reinado de María Cristina (1833 – 1843) se volvió a decretar la supresión de los conventos, por lo que fueron desmantelados por los vecinos de los pueblos cercanos, sirviendo de refugio a los bandoleros que tenían los Montes de Toledo como territorio del que proyectar sus fechorías.

Otras maravillas de la finca
Fama tenía de antiguo esta dehesa como lugar idílico y paradisíaco de la caza. Así lo hace notar el dramaturgo toledano Francisco de Rojas Zorrilla (1607 – 1648) en su famosa obra dramática “Del Rey más abajo ninguno y labrador más honrado García del Castañar”, cuando nos dice:
Cinco lenguas de Toledo
Corte vuestra y patria mía,

Hay una dehesa, donde
Este labrador habita,
Que llaman El castañar...


La finca pasaría en 1850 a pertenecer al banquero Pedro de Quintana, sus sucesores conocieron el paradero de la Virgen Blanca de El Castañar y dieron los pasos oportunos para el traslado del convento franciscano Santa Ana en Toledo a su lugar de origen. Allanados los obstáculos mandaron levantar un templo neogótico de piedra y ladrillo rojo junto al caserío de la finca. Años más tarde, los herederos, condes de Finat, de Mayalde, de Villaflor y marqueses de Terranova, mandaron edificar un palacio inspirado en el estilo normando inglés y francés que nada tenía que ver con la zona o comarca.

A caballo en terrenos de caza
Nuestro punto de partida es Griñón, el centro hípico Real Hípica de Griñón es el lugar desde donde parte esta expedición formada por 16 personas. Un grupo heterogéneo donde confluyen diferentes formas de entender la equitación: salto, paseo, enganche, doma, etc., pero todas con un denominador común: disfrutar de la naturaleza junto a los caballos.

Partimos un viernes por la tarde desde la localidad madrileña y en 90 minutos ya estábamos desembarcando en la finca El Castañar, ya que se encuentra muy cerca de Toledo por la carretera de Ciudad Real desviándose en Ajofrín en dirección a Mazarambroz.

Unas cuadras antiguas, pero amplias y confortables hacen que nuestros caballos se sientan cómodos desde el primer momento, sin extrañar en exceso el cambio de ubicación. Tras la instalación de los caballos, nos alojamos en las acogedoras habitaciones.

El servicio que ofrece el personal de la finca es exquisito. Nos reciben ofreciéndonos los platos típicos de la comarca, como: jamón, chorizo, aceite, carne de cierva.. todo curado y preparado con recetas milenarias.

En los salones nos ofrecieron una cena abundante que se alargó hasta bien entrada la noche. Terminando ésta antes de lo previsto por un apagón de luz eléctrica producido por una fuerte tormenta, lo que provocó que las legendarias velas hicieran que el final de la velada tuviera un toque de misterio.

En la madrugada del sábado, a pesar de no haber dormido mucho, debido en parte a la copiosa cena, nos calzamos las botas de montar, desayunamos, y si algún rezagado se había quedado dormido, el canto del gallo y el ladrido de los perros hizo que el grupo estuviera preparado y dispuesto desde primera hora.

La marcha partió de la casa de labranza, nos acompañaba Juan, uno de los vaqueros de la finca. Montaba un pura raza árabe de la yeguada Mazarracín, un semental muy brioso que se ponía encendido sobre todo cuando se acercaba a las yeguas bretonas enganchadas y que merecen un capítulo propio ya que tienen una fuerza y resistencia dignas de elogio, ofreciendo nuevas posibilidades en las excursiones, ya que gracias al coche de enganche muchas personas que no montan pueden disfrutar de las excursiones por el campo. Estas bretonas vendrían desde Peñaranda de Duero. Son propiedad de Iberecuestre y el coche, un vagonette enganchado a la húngara, estaba dirigido por Gonzalo Espinosa de los Monteros.

El resto de los caballos estuvieron montados por los propietarios, excepto dos que fueron cedidos por El Castañar.

La excursión trascurrió por caminos que bordean la finca en dirección a la sierra. El recorrido fue de unos 50 Km con alguna subida pronunciada. El paisaje estaba salpicado de todos los elementos del bosque Mediterráneo (encinas, carrascas, fresnos, robles, jaras, nogales, romero, hierbas botánicas y pastizales). Aunque el verano ya habia dibujado su color favorito, el verde todavía predominaba; el día fue elegido por los dioses, la tormenta de la noche anterior bajó la temperatura por lo menos cinco grados y la brisa era fresca y traía aromas de la sierra que invitaban a inhalar aire fresco que nos reconfortó.

Tuvimos algún percance como el extravío por unas horas del pequeño ‘Minuto’, un cachorro de beagle de 3 meses que hacia su primera salida al campo. Tras su recuperación, el resto del viaje lo realizó encima del coche de enganche.

El otro incidente fue la caída de uno de los jinetes del grupo que en un giro de su caballo cuando galopaba salió despedido golpeándose en la zona lumbar y, aunque dolorido y magullado, fue más el susto que el daño físico. Juan, que tendrá que pagarse unas cañas siguiendo la tradición más antigua tiene desde estas páginas nuestro aliento para seguir montando. Porque no hay mayor felicidad que vencer el reto del miedo, recordando la cita ‘tener miedo es de hombres, vencerlo es de valientes’.

Una vez que Juan fue instalado en el coche de enganches, su caballo fue montado por Jacki, un francés que trabaja de profesor de Iberecuestre y que venía con el grupo de enganche.

Salvando dificultades, seguimos la marcha con galopes, a través de los caminos ondulados de la finca hasta llegar a un claro para tomar un aperitivo que nos diera el respiro suficiente hasta la hora de la comida.

La marcha era uniforme, el ritmo lo marcaba el vagonette de las bretonas. Su trote constante hacía que, cuando los caballos sesteaban al paso, rápidamente tenían que dar un galope para coger distancia si no querían verse sobrepasados por las incansables francesas.

La sombra de los alcornoques, la brisa fresca de la montaña y la humedad del río, hacían que la exquisita gastronomía de la comida tuviera un mayor valor si cabe. Un camión con las mesas, sillas, comida y bebidas se desplaza hasta el lugar donde acampamos en plena montaña. El servicio fue excelente, la tertulia animada, los empleados de la finca eran sometidos a preguntas por parte de los excursionistas, ávidos de conocer anécdotas, curiosidades, historias de la tierra donde nos encontrábamos. Mientras tanto los caballos descansaban a la sombra mordisqueando algún matorral.

A las cuatro de la tarde levantamos el campamento. Nuestra duda era saber si íbamos a ser capaces de subir a nuestros caballos tras la comilona, pero la equitación tiene algo mágico; cuando montas no tienes otro pensamiento que cabalgar. Aunque la vuelta todavía era larga (quedaban más de 15 Km), los caballos, con esa orientación extraordinaria que la naturaleza les ha otorgado, aceleraron el paso sabiendo que el camino les conducía hacia la cuadra.

En el camino de vuelta, tuvimos la suerte de ver, tocar e inmortalizar a un cervatillo que se había escondido tras unos matorrales. En los pocos minutos que duró el encuentro nos cogió un cariño insólito, hasta el punto de que seguía a los caballos como si se trataran de su madre; y de no ser por la valla cinegética nos hubiera acompañado todo el recorrido.

Mirando el cielo divisamos águilas, que planeaban con su vuelo majestuoso. Y a ras de suelo alguna culebra inofensiva, lagartos, conejos y, por supuesto, ciervos cruzando a través de las cuerdas que dibujan la montaña.

El regreso fue a ritmo rápido. El trote y el galope sólo se interrumpían cuando cruzábamos algún río para abrevar.

A las seis de a tarde llegaron los primeros expedicionarios, comandados por el coche de enganche que puso la directa y sacó media hora de ventaja al resto del grupo, que no iba al paso precisamente.

Cuando llegamos a la casa de labranza, una ducha relajó a nuestros abnegados compañeros de fatiga y, posteriormente, agua y comida hasta la hora de embarcar a nuestro punto de partida, Griñón.

Jinetes y acompañantes, una vez instalados los caballos, nos fuimos a la casa de labranza para tomar un refrigerio, comentar anécdotas y, sobre todo, decidir cuando volveremos.
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