Última actualización 01/09/2004@00:00:00 GMT+1
CUANDO el escepticismo se adueñaba de la delegación española en Atenas, unos pocos deportistas han venido a rescatar a nuestra representación del pesimismo reinante. Entre ellos se encuentran los cuatro jinetes Beatriz Ferrer-Salat, Juan Antonio Jiménez y los jerezanos Ignacio Rambla y Rafael Soto, que compitiendo con el equipo de Doma han callado las bocas de quienes afirmaron en su día que su tercer puesto en los Juegos Ecuestres de Jerez fue regalado.
Nadie regala nada en Atenas y el logro conseguido por nuestros jinetes (dos de ellos se convierten en los primeros jerezanos que alcanzan el segundo máximo galardón en cualquier disiciplina deportiva) tardará tiempo en olvidarse. Ellos conocen el trabajo que les ha costado llegar hasta allí.
Frente a la percepción popular de que la hípica es el deporte de unos privilegiados, Soto y Rambla son dos campeones que vienen de una extracción social modesta. Alumnos de Álvaro Domecq, formaron parte de la fundación de la Real Escuela de Arte Ecuestre y han apostado por el Pura Raza Español, que encuentra su cuna en Jerez, como animal competitivo y ahora están recogiendo sus frutos. El pasado mes de agosto en Atenas los dos jerezanos acabaron con muchos mitos, entre ellos el que estaba asentado entre los jueces de que el caballo alemán no tenía comparación.
Pero lo que es el mayor éxito del deporte hípico internacionalmente también levanta sus dudas. ¿Hay un recambio para las Ferrer-Salat, los Jiménez, los Rambla o los Soto?
Los Juegos Ecuestres Mundiales de Jerez, el Campeonato de España de Doma Clásica, celebrado el pasado año en la Real Escuela con un enorme éxito, y ahora los Juegos Olímpicos de Atenas han demostrado que España acepta las iniciativas que reivindican al caballo. Pero para continuar por ese camino hace falta vocación política, lo que se traduce en inversión. Las medallas de nuestro equipo son un orgullo para la hípica española. Que no cojan polvo en las vitrinas.