Última actualización 01/06/2004@00:00:00 GMT+1
El rejoneador jerezano Fermín Bohórquez Domecq habla por primera vez de su meteórica carrera y de su futura retirada. Dice que el adiós no está lejos; que dejará los ruedos joven pero en el momento más alto de su trayectoria
Dice que no tiene prisa en la vida, pero el éxito vino a buscarle muy pronto para encumbrarlo. Desde las alturas hay retinas que desenfocan, sin embargo las pupilas de Fermín Bohórquez Domecq están perfectamente graduadas. A pesar de la nube en la que vive desde que era un adolescente no ha perdido la sencillez que le caracteriza a la gente del sur. Así se siente el rejoneador jerezano mientras atraviesa el mejor momento de su carrera artística.
Jerez. Enero de 1970. Llegaba al mundo Fermín Bohórquez Domecq, un niño rubio de ojos azules que pertenecía a una familia de enorme vinculación al mundo del toro y el caballo. Pronto comenzó a coquetear con ambos animales hasta el punto que hoy día, 34 años después, sigue sin saber en cuál de los dos dejar fija su mirada. Un largo silencio reinaba en el ambiente después de disparar una pregunta sugerente: ¿Toro o caballo? “Es muy difícil elegir, pero creo que primero toro y después caballo. El caballo es la muleta. Así interpreto el toreo que siento. Despacio, sin carreras; sin aspavientos... Lo más natural posible. Al caballo le sale del alma y lo comparte conmigo. Si además el toro es bueno, se alcanza un impresionante momento de plasticidad y estética en la plaza. Así es como yo entiendo mi trabajo”. Así lo siente y así lo transmite.
Infancia entre caballos
Pasó su infancia en Jerez, rodeado de una enorme cabaña equina y taurina en las fincas La Peñuela y Fuenterey. Con todo, sus padres animaron al joven apuesto a continuar con los estudios universitarios. Así es que se instaló en Madrid. Ese primer año de facultad se hizo amigo de una enfermedad que le mantuvo en cama dos meses, el tiempo suficiente para perder el carro del primer curso universitario. Una vez recuperado decidió que su futuro estaba entre toros y caballos. Estaba justo donde había dejado el pasado. Desde entonces contó con el mejor apoyo y la mejor escuela: su padre, el rejoneador y ganadero Fermín Bohórquez Escribano. Al joven jerezano pronto lo llamaron para torear en un impresionante escenario: la plaza de toros de Las Ventas. Desde aquel momento, este joven no ha hecho otra cosa en la vida que paladear el dulce sabor de la gloria. El calor del público, una cuadra cuajada de ‘cracks’, una química indescriptible con dos bellos animales (el toro y el caballo) y un corazón sereno explican el elegante rejoneo y la artística equitación de Fermín Bohórquez Domecq. “Para mí la equitación no se puede entender ni explicar sin la Doma Clásica. Es la base de cualquier disciplina, pero sobre todo para el Rejoneo, que requiere soltura y ligereza. Yo divido la equitación en dos partes: la física, que es la preparación de jinete y caballo; y la psicológica, que es cuando existe compenetración y lo consigues todo del animal”, explica convencido el rejoneador.
Todos estos años de experiencia le han valido para tener claro lo que quiere de un caballo. “Lo más importante es que me atraiga físicamente. No me puedo olvidar de que el Rejoneo es una disciplina muy estética y plástica. Después de esto hay que observar los movimientos del animal. Deben ser naturales, innatos en el caballo. Por último, exijo cabeza y corazón. El caballo debe estar moralmente convencido de que va a vencer al toro y debe tener confianza en el jinete. Debe haber compenetración perfecta para no confundir”.
¿Y dónde están estos caballos? Fermín Bohórquez Domecq, al igual que le ocurre a la mayoría de los rejoneadores, encuentra a esta parte del equipo en Portugal. “El caballo lusitano reúne todo esto. Llevan años seleccionando caballos para torear. Los portugueses decidieron hace años quedarse con la funcionalidad, el carácter y el corazón. El pura raza español se ha seleccionado de forma diferente y lo morfológico va en contra de la raza. No se le ha exigido nada al caballo, cosa que sí han hecho en Portugal. Lo cierto es que los mejores caballos lusitanos de los últimos sesenta años tienen origen español. Entonces no existía el morfológico y se seleccionaba por la funcionalidad”.
Una cuadra de ‘cracks’
Hoy tiene a catorce amigos que lo llevan en volandas hacia el éxito en un mundo, el Rejoneo, difícil, complejo, envidioso, duro. “Brioso”, “Quieto”, “Normando”, “Sinfonía”, “Libanés”, “Piropo”, “Nevado”, “Bolero”, “Huapango”, “Morisco”, “Tequila”, “Jaleo”, “Tabladillo” y “Sagre”, de los que cinco de ellos son criados en su propia casa. A todos les imparte una dinámica de trabajo basada en la impulsión. “Me gusta que mis caballos se vayan a la cuadra en un momento bueno de trabajo. Que se vayan con la moral alta. No es inteligente pero tiene muy buena memoria, por esto valoro mucho el esfuerzo que le voy a exigir. Es innecesario pedir para nada”.
Pocos como Fermín Bohórquez pueden presumir de otorgarle a sus cuadra una nota alta, desde la mayor objetividad posible. “Yo le daría un ocho de nota y creo que va a ir a más”. Reconoce que está en un momento profesional de disfrute. Tardes de gloria, un Caballo de Oro a los treinta años, salud, grandes caballos... “Ahora mismo estoy en una etapa de disfrute de todo lo que me pasa”, confiesa el rejoneador. ¿La retirada? Parece que no muy lejos. “Me iré en el momento más alto de mi carrera. Me iré joven, eso sí lo tengo claro. Tengo inquietudes por otras cosas... Quiero aprender”, concluye.