Hemeroteca :: 01/05/2007
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Razas
Última actualización 01/05/2007@00:00:00 GMT+1
A primera vista el caballo Appaloosa nos transporta hasta el lejano oeste, donde es imposible separarle de los ancestrales indígenas. Pero este caballo jaspeado es mucho más que el caballo de los indios. Es el orgullo de un país, de una potencia mundial. Puede que sobre una pista de competición no dé la talla, pero súbanse y déjense llevar. Es fuerte, robusto y de gasóil
Decir Apaloosa es hacer referencia a la aventura, pues la historia de esta raza equina es tan rica y fascinante como sus exclusivas y únicas manchas en el lomo. El fenómeno cromático que distingue a este caballo se encuentra en la base genética de los caballos primitivos. No es algo nuevo. Aparece, por ejemplo, plasmado en pinturas rupestres que datan de hace más de 20.000 años. El tema no es nuevo. Ya en la antigua Persia se les tenía un enorme aprecio y los consideraban como los caballos sagrados de Nissea. En China se descubrió su presencia alrededor del año 100 a. C. y con él los chinos pudieron hacerle frente a los caballos de Asia Central que dominaban en los enfrentamientos bélicos sobre esa época. A partir del siglo VII se les encuentra en artículos de arte, reconociéndose así el gusto que los chinos tenían por esta raza. Se ignora quién fue el responsable de las manchas que muestran estos caballos repartidas irregularmente en todo el cuerpo, ya que se ha perdido en el túnel del tiempo, lo que es innegable es que lo hace de una gran vistosidad. En realidad son la versión estadounidense del caballo carbonado, diseminado por Norteamérica. El trabajo con la genética no era nuevo. En Europa los caballos con puntos aparecen a través de la historia, pero estos puntos se encuentran más concentrados en los caballos andaluces y lippizanos. El Appaloosa aparece plasmado en pinturas rupestres, como las Peche Merle, Francia, que datan de hace más de 20.000 años. Introducido por los españoles Aunque el concepto de raza no se le fue reconocido hasta 1950 en Estados Unidos, sus orígenes se remontan muchos años atrás. Entre las poblaciones equinas de la Península Ibérica han existido caballos moteados desde hace muchos siglos. Es lógico pensar entonces que en el momento de la Conquista y Colonización del Nuevo Mundo, también éstos fueron llevados allí junto a caballos de otras capas. Siempre fue muy común ver el color punteado entre los caballos andaluces de los conquistadores españoles del siglo XVI, los cuales utilizaron cuando llegaron al nuevo mundo y es así como se introdujo en América el caballo Appaloosa. Gracias a los caballos que se escaparon de los “ranchos” españoles se produjo un proceso de asilvestramiento y dispersión por todo el territorio americano. Así como su posterior captura y el hurto o trueque por parte de los nativos americanos, en poco tiempo las llanuras del Oeste de los Estados Unidos se llenaron de Norte a Sur con ellos. Se sabe que hacia mediados de 1700 la mayoría de las tribus indias contaban con caballos, convirtiéndose así en la mejor caballería ligera del mundo. El americano, un excelente jinete El nativo americano siempre se caracterizó por ser un excelente jinete, pero nunca se hubiera podido decir que fuera un buen caballista. El mito tiene también una parte de mentira. Solamente algunas tribus, entre ellas los Palouse y los Nez Percé, del Noroeste de USA fueron criadores de caballos. Algunas historias orales de las tribus también cuentan que los primeros caballos moteados que obtuvieron los Palouse y los Nez Percé habían llegado desde Asia, con los comerciantes rusos que atravesaban el estrecho de Bering, llegando a las costas del norte de Washington y Oregon. Hay teorías para todos los gustos. La llegada del Espíritu del Viento Hacia mediados de 1700 un barco procedente de Rusia trajo consigo dos sementales blancos con “marcas relámpago en sus patas, marcas de barniz en su cara y alguna pequeña mancha en su grupa (lo que hoy se conoce como leopardos de pocas manchas), que fueron lanzados al agua y recogidos y llevados a nado hasta la orilla”, por algunos miembros de la tribu Siletz, hoy desaparecida. Estos indios utilizaron los sementales para cubrir sus mejores yeguas y posteriormente los devolvieron al barco. En 1877 George Long Grass, un indio Nez Percé-Flathead, contaba que su tatarabuelo compró para su tribu algunos caballos a los Siletz, por los cuales tuvo que pagar muy alto precio, pero para él aquellos caballos eran medicina y de ellos nacería la mítica estirpe Appaloosa de los Ghost Wind Stallions, (los sementales del Espíritu del Viento). Había nacido otro mito… Riguroso sistema de cría La cría se ha documentado bien por parte de los criadores de esta raza. Los Palouse y Nez Percé comenzaron a criar sus Appaloosas estableciendo un estricto y selectivo programa de cría a partir de líneas españolas y rusas y en el que sólo permitían reproducirse a los mejores sementales y las mejores yeguas, atendiendo a características tales como velocidad, coraje, seguridad de pies y comodidad de aires además de que poseyeran un carácter noble y dócil. Este selectivo programa de cría consiguió en pocos años una raza superior, de la cual incluso los famosos exploradores Lewis y Clark ya en 1806 hablan en su diario, comentando lo siguiente: “Sus caballos son de una raza excelente; son grandes y majestuosos, elegantemente formados, activos y durables. Muchos de ellos recuerdan a los corceles de carreras ingleses y se pagaría una buena suma por ellos en cualquier lugar”. En septiembre de 1858, para mostrar su superioridad y poder sobre los nativos, la caballería de los Estados Unidos comandada por el Coronel Wright, ordenó rodear, reunir y destruir todos los caballos Palouse (como así se llamaban a los caballos moteados de estas tribus), que anduvieran pastando libres por la región, lo que provocó el enfrentamiento con el Jefe Spokane. Perseguidos por la caballería, una banda de Nez Preces logró escapar a las montañas con un gran número de caballos. A pesar de que constituía un crimen matar un caballo en la frontera en aquel tiempo, el Coronel Wright en un arrebato de ira, ordenó a sus hombres matar los caballos capturados, forzando además a los prisioneros indios a presenciar la masacre. Ochocientos caballos fueron destruidos mediante rifle, cuchillo o garrote en un lugar que para la posteridad se llamó Horse Slaughter Camp (Campamento de la masacre del caballo) en Post Falls, Idaho. Estos caballos estaban marcados y pertenecían a Wolf Niquelase, un indio que había intentado adaptarse a las normas de los blancos para criar ganado. La historia hace camino El Tratado de 1863, que reducía aún más los territorios de los Nez Percé, desembocó en la guerra de 1877. El Jefe José no aceptó el tratado, y los enfrentamientos dieron comienzo. Tras el ultimátum enviado por el General Howard, los Nez Percé tomaron la decisión de escapar a Canadá. Fue un durísimo éxodo en medio de lo más crudo del invierno, llevando a mujeres, niños, ancianos y todos sus caballos, que probaron sobradamente sus extraordinarias cualidades ya que mantuvieron en jaque a la caballería. El hambre, el frío y el agotamiento diezmaron al pueblo del Jefe José, pero fue sobre todo la equivocación de pensarse a salvo en territorio canadiense cuando en realidad estaban a escasa distancia, pero todavía en suelo Estados Unidos, lo que finalmente obligó a la tribu a rendirse y a ser confinada en una reserva. Sus caballos fueron aniquilados y sólo unos pocos les fueron permitidos para cruzarlos con animales de tiro y trabajar la tierra con ellos, destruyendo así los muchos años de esfuerzo en la esmerada crianza que había producido aquellos animales de calidad superior. Sin embargo los indios de la región Wallowa habían aceptado el Tratado y fueron trasladados a Washington y ya que no tomaron parte en la guerra no les fueron requisados sus preciados caballos Palouse. Sam Fisher era un miembro de esta tribu que pasó toda su vida desarrollando una excepcional habilidad para criar caballos con capas moteadas. Sus caballos Palouse, que constituían una enorme manada, permanecieron siempre puros, siendo siempre los que mayor resemblanza guardaban con el tipo original. De Sam Fisher obtuvieron sus primeros caballos criadores como Guy Lamb o Floyd Hickman. Ambos ranchos producirían algunos de los mejores y escasos caballos moteados de la región en tiempos cuando aún no había ni registros ni asociaciones como Old Knobby, Toby I o Chief of Fourmile. En 1937, otro criador, Claude Thompson de Moro, Oregon, quien desde su infancia había apreciado estos caballos, leyó en una revista los trágicos sucesos que habían llevado a estos animales a su casi desaparición. Decidido a recuperar estos magníficos caballos y ayudado por dos entusiastas más, George B. Hatley y Francis Haines, incorporó la Appaloosa Horse Club al año siguiente, dándole a esta raza su nombre definitivo: Appaloosa. El término Appaloosa fue adoptado de manera oficial en 1938. En la actualidad, cerca de medio millón de estos caballos están registrados en el Appaloosa Horse Club. Los Nez Perce, los mejores jinetes de los Appaloosas Si hay una tribu que conoce las excelencias del caballo Appaloosa, esa es la de los Nez Perce. El nombre oficial proviene del francés, Nariz Agujereada, que hace referencia a la antigua costumbre de ponerse pendientes en la nariz, aunque parece ser que esta costumbre no estaba muy extendida entre ellos. Este pueblo era de origen pescador en sus comienzos y gracias a los caballos Appaloosas cambiaron de tendencia, es decir, de ser sedentarios pasaron al nomadismo. Muy pronto, los Nez Perce se hicieron famosos a lo largo de todo el Noreste de los Estados Unidos por sus virtudes como hombres de caza y artesanos. Nunca fueron una tribu excesivamente numerosa. En 1870 eran unos 3.000 individuos, pero hacia 1880 sólo quedaban unos 418 indios. En 1906 había 1.534 en la reserva Colville (Idaho) y 83 en la Reserva Lapwai (Washington). Hacia 1960 eran en total 2.200 indios, de ellos 1.525 en Idaho. En 1978 vivían 2.100 en las reservas de Colville y Lapwai, y unos 750 más poseían 133.760 hectáreas fuera de la reserva; y unas 21.450 hectáreas más eran cultivadas por otros. Su cultura fue primitivamente oregoniana. Asímismo, como eran el grupo más situado al Este, recibieron una fuerte influencia cultural de los indios de las llanuras al Este de las Rocosas. Su vida doméstica se centraba en pequeños poblados localizados en corrientes de agua donde abundaba el salmón, el cual, una vez seco, constituía su principal fuente de alimentación. También recolectaban bayas y raíces. Sus viviendas eran cabañas comunales de madera y cubiertas de hierbas, generalmente dos por poblado, ocupadas por unas 38 familias (llamadas chopunnish) y una casa larga para reuniones y ceremonias, llamada Lah-pitahl Ain-neet. Cuando a comienzos del siglo XVIII (aproximadamente en 1720) obtuvieron Appaloosas gracias al activo comercio con los shoshones, al menos en algunos grupos, su vida cambió radicalmente. Fueron capaces de organizar cacerías de bisontes y comerciar con tribus más allá de las Rocosas, hasta 120 kilómetros de Dallas, donde cambiaban ropa de bisonte por armas de fuego. En cuanto a la guerra, adoptaron los honores de guerra, las danzas guerreras y las tácticas con caballos imitadas de los indios de las llanuras. También adoptaron el tipi como vivienda, y solían tener el rebaño de caballos más extensos del continente (aproximadamente entre 50 y 100 Appaloosas por individuo), y eran los únicos entre todos los indios americanos que aprendieron a seleccionar los potros. Y como este enriquecimiento y expansión les permitía muchas consultas tribales e intertribales, tendieron a dominar las conferencias con otras tribus. También adoptaron la costumbre de cocinar con piedras calientes, como los Sioux. Las lanzas eran arpones de tres puntas unidas a un mango, de 2,5 metros de largo, empleadas para pescar, cosa que también hacían con antorchas de brea. También elaboraban bolsas de cáscara de maíz y las exportaban. Por lo que hace a la religión, creían en los somesh (poderes personales) y que era necesario que los jóvenes buscasen su wyatkin (poder del espíritu guardián), de manera similar a las tribus de las llanuras.
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