Hemeroteca :: 01/12/2006
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Turismo ecuestre
Última actualización 01/12/2006@00:00:00 GMT+1
Cogemos montura y mochila y cabalgamos hacia los bosques franceses de Loira.

Nos esperan castillos centenarios y fauna y flora en todo su esplendor
Pocos momentos pueden ser más evocadores que un paseo por el Río Loira. Sus castillos, su historia y su naturaleza lo han convertido en un lugar excepcional para pasar unos días de vacaciones. Los caballos son una vez más el vehículo para disfrutar de este lugar mágico, con una luz especial, con un pasado brillante y con una gastronomía superior.

La llegada a la casa de Valerie Beaugillet tiene el sabor de lo auténtico. Nos habían hablado de ella en un pequeño hotel de las cercanías, en la villa de Chitenay. Allí nos comentaron que ella organizaba las mejores rutas ecuestres de la zona. Con algo de escepticismo nos dirigimos hasta su casa. Una vieja granja de empinados techos y paredes de madera nos advierte que vamos a entrar en un lugar sumamente original.

Valerie y su marido llegaron aquí hace más de una década. Ella, una experta amazona, necesitaba un lugar agradable donde tener sus caballos en las cercanías de su casa. La idea era buena y el lugar no podía ser mejor… A quince minutos de Blois y a poco más de veinte de Chambord… Era el sitio perfecto.

La hora de repartir los caballos
Por la mañana, mientras se despeja una suave bruma, repartimos los caballos. El grupo va a ser pequeño, pero muy igualado. Varios de los caballos son trotones franceses que están reciclados de la competición. ‘Taiant’ es un ejemplar negro precioso que emana el orgullo de seguir haciendo su trabajo a pesar de tener casi veinte años. ‘Cireparon’ es otro trotón al que sus catorce años no le quitan brío y por eso todavía hay que llevarlo con mano firme y por supuesto siempre el primero del grupo… Por último, el pequeño grupo se ve cerrado por ‘Hohe’, un simpático Cob normando que odia las moscas de final de temporada.

Tras unos breves preparativos la comitiva se pone en marcha. La salida no puede ser mejor. Pequeñas granjas, campos que alternan los pequeños cultivos domésticos con los viñedos de Chardonnay, que cada vez ocupan más terreno en la zona. El ambiente es relajado y se nota al llegar a los cruces de caminos donde los conductores de tractor respetan el paso de los caballos.

Llega la primera parada: el castillo de Troussay
Hacia media mañana vamos a realizar la primera parada. Nos acercamos al Castillo de Troussay. En un momento, Valerie despliega una sencilla infraestructura para que los caballos estén confortables mientras realizamos la vista. Todo el camino hasta el castillo está flanqueado por árboles centenarios que parecen centinelas que custodian el acceso.

Troussay es en realidad un castillo muy pequeño, se podría decir que es una gran mansión que fascina por su encanto señorial. Se comenzó a construir en 1450 y a lo largo de los siglos se fueron añadiendo partes. La última en el siglo XIX. Como muchos de estos castillos, el de Troussay es propiedad de una familia, a la que pertenece desde hace unos dos siglos. Esta propiedad la “comparten” con el resto de los mortales enseñando algunas de sus salas principales, como el comedor, el oratorio o el salón de música. Los muebles pertenecen a distintos estilos, desde el siglo XV al XVIII, y no hace falta que nos digan que algunas piezas son de un valor incalculable. Leemos en la guía que la puerta de madera de la capilla proviene de otro castillo y que es un bello ejemplo del arte renacentista. No es el único elemento “prestado”, ya que entonces era una costumbre muy común rescatar ventanas, puertas e incluso alguna que otra escalera de edificios en ruinas.

En los jardines del castillo, en los edificios que antiguamente albergaban a los animales o estaban destinados al almacén, o la panadería se encuentra el museo de Sologne. En su interior se pueden ver los distintos aspectos y enseres de la vida doméstica en el siglo XIX.

Destino final: el castillo de Cheverny
Después de esta pequeña dosis de historia y atravesando de nuevo el paso del castillo salimos hacia nuestro próximo destino: el Castillo de Cheverny. Es la hora del almuerzo, nuestros vecinos franceses comen antes que nosotros, y hay que hacer un alto en el camino. Si el tiempo lo permite se hace en pleno campo y sin muchas formalidades. En esta ocasión como el cielo no lo aconseja entramos en un antiguo lavadero que ha sido rehabilitado. Tiene una gran chimenea y es un lugar muy agradable para improvisar un picnic y descansar el cuerpo saboreando un buen vino francés.

Después del almuerzo nos adentramos en el bosque y se hace el silencio. Es un viaje al pasado en el que, ajenos a la civilización, cada jinete y su caballo forman un mundo individual. La belleza del bosque se ve incrementada por la luz que entra a través de las ramas de los árboles, y los imperceptibles sonidos de la naturaleza. En algún momento se intuyen los ciervos y otros animales que pueblan estos bosques.

Al final, se distingue la tapia del castillo de Cheverny. Si hubiera que visitar uno sólo de los castillos del Loira, Cheverney estaría primero en la lista. A una arquitectura simétrica y de extremada belleza se le une un interior muy bien conservado y equipado. En sus salones podremos ver cuadros, muebles, tapices y demás enseres que han pertenecido a la misma familia. En 1922 el castillo abrió sus puertas al público, sospechamos que en un intento de sacarle alguna rentabilidad más que a un afán de compartir patrimonio. Sea cual sea el motivo, la verdad es que es todo un privilegio recorrer los salones y demás estancias para admirar sus tesoros. Los dormitorios parecen como si aún fueran utilizados por sus moradores. Pequeños detalles como juguetes, objetos personales dan a todo un aire de vivido.

Los admiradores del personaje Tintín están de suerte en Cheverny, pues el autor de este personaje de cómic se inspiró en él para crear el castillo de ficción de Moulinsart, donde el joven belga y sus compañeros de reparto pasan muchos episodios. En el propio castillo hay una sala dedicada a Tintín y en la tienda se puede comprar recuerdos del personaje.

Acaba aquí la excursión y es hora de regresar. Junto a nuestra montura abandonamos Cheverney. Más de uno mirará atrás con un sentimiento de disimulada envidia a los propietarios de los increíbles castillos del Loira.
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