Opinión/Firmas
Bajo de guía
 |
| Javier Hidalgo |
Última actualización 01/11/2006@00:00:00 GMT+1
Un viejo amigo, ex gentleman rider y ahora preparador y propietario de caballos de carreras, gran entusiasta de Sanlúcar, que viene cada año desde Madrid a la playa, me comentaba el pasado agosto: “Cada verano, cuando acudo a Sanlúcar me encuentro con que la organización ha puesto una carpa más, ha creado más zonas VIP, ha perfeccionado el decorado, pero en cambio no es capaz de disponer de un comentarista que en este hipódromo, donde la visibilidad es tan complicada, vaya informando de las incidencias de la carrera desde la salida. Tampoco quiere disponer de la instalación necesaria para que haya foto-finish, que establece con claridad el orden de llegada”. Él tuvo precisamente que afrontar un empate cuando todos los presentes pensamos que su caballo había ganado.
Otro preparador profesional se quejaba de la falta de un herrador oficial en el recinto y así su caballo tuvo que correr con una herradura de menos.
Son muchos los detalles técnicos que año tras año quedan sin solucionar en beneficio del incremento de la atención hacia el aspecto social de la competición que parece que es lo único que interesa a los organizadores. Los caballos, sus propietarios y los verdaderos aficionados son relegados a segundo término como si perteneciéramos a una segunda clase en el mundo de las carreras, cuando en realidad somos quienes montamos el espectáculo con nuestros propios esfuerzos altruistas y deportivos.
¿Es razonable, lógico y siquiera seguro que a mitad del recorrido el campo de caballos se encuentre con un poste de madera de tres metros plantado en medio de la pista que obliga a los participantes a desplazarse hacia el agua, hacia el público o a dividirse en dos grupos para esquivarlo?
En ningún hipódromo he visto que un veterinario en mitad del paddock, cuando los caballos están siendo paseados ante el público, se ponga a buscar el microchip identificativo con un aparato sensor a lo largo del cuello de los animales. ¿Es que no hay otro momento y lugar? El comentario de los espectadores es que están buscando drogas. Y cuando un caballo se quebró una mano en el recorrido, no había una ambulancia animal para retirarlo. La falta de capacidad de decisión del técnico responsable, tuvo al hipódromo largo tiempo en espera con el espectáculo servido.
Ante tanta improvisación y falta de previsión, choca comprobar la aplicación que, manu militari, hacen algunos comisarios del código. Debieran tener en cuenta todas estas precariedades y deficiencias y exigir a los organizadores un mínimo nivel de condiciones técnicas, en lugar de cargar contra propietarios, preparadores y jinetes, que tienen que desenvolverse en estas caóticas circunstancias como bien pueden.
A nadie parece importar que ya no se puedan entrenar caballos en la playa. A diferencia de lo que ocurría antes, desde muy temprano la playa se llena de señoras con varices que caminan por prescripción médica, de pescadores de caña que con sus pertrechos ocupan el lugar de paso de los caballos, de obesos que aspiran a perder unos kilos durante las vacaciones. Se producen enfrentamientos con los jinetes y algún día puede que ocurra algún accidente importante. Eso sí la organización se lava las manos en materia de responsabilidad, como así lo impone en las condiciones del programa (!). Ni a las autoridades locales, ni al comité organizador de las carreras parece afectar este problema que está acabando, no solo con los entrenamientos en la playa sino con ese turismo veraniego --familias de propietarios y gentlemen—que al amparo de ellos se instalaban en Sanlúcar durante julio y agosto.