Homenaje a Fernando López Del Hierro
Última actualización 01/09/2006@00:00:00 GMT+1
A mi juicio, la nobleza no consiste en un título social, sino en un atributo, un rasgo de la personalidad que sólo algunos poseen y del que Fernando andaba bien sobrado
Albert Eistein vaticinó que sería posible, H.G. Wells fue el primero que se atrevió a escribir sobre el tema, pero Fernando López del Hierro ofreció la prueba decisiva, la confirmación
definitiva sobre la existencia de la máquina del tiempo. Fernando debió encontrarla en Francia cuando, por sugerencia de Carlos López-Quesada, fue a comprar a ‘Amado Mío’. Durante años, nuestro protagonista se hacía acompañar por una maleta de cuero cuarteado por el tiempo, en la que guardaba sus pantalones y botas de montar. Fue la amiga fiel con la que viajó por medio mundo, compitiendo en las pistas más prestigiosas y consiguiendo los éxitos más sonados en el terreno deportivo.
Pero tengo para mí que Fernando debía ocultar en ella algo más. Aquella maleta de aspecto antiguo y de la que nunca se separaba contenía el secreto para vencer las leyes de la física. Tal vez se tratara de las instrucciones para manejar sabiamente a un caballo tan difícil como ‘Amado Mío’ (nunca lo calentaba antes de salir a pista) o las
palabras mágicas para detener el tiempo y volar sobre los obstáculos. Posiblemente la física ortodoxa no sea capaz de resolver el enigma que mantuvo a Fernando y su pequeño gran caballo avanzando, suspendidos durante tanto tiempo sobre la ría del Club de Polo de Barcelona.
Lo cierto es que muchos años después, Fernando aún conservaba aquella vieja maleta que
reposaba sobre la última fila de taquillas en los vestuarios del Club de Campo Villa de Madrid. (Curiosamente, una leyenda viva de la hípica nacional ni siquiera necesitaba espacio propio para guardar su equipo). Allí estaba siempre, como esperando que cada mañana fuese a dar su cotidiano paseo. Todos sabíamos quién era su dueño, pero ninguno imaginábamos los poderes que contenía. Ahora creo que cuando Fernando se calzaba los pantalones, las botas y se ajustaba los tirantes, guardaba en su maleta los años que le sobraban para continuar montando. Sólo así fue capaz de permanecer activo y a caballo hasta muy cumplidos los ochenta.
Pero dejando a un lado la ciencia ficción, el secreto de Fernando era una enorme sencillez y una sensibilidad especial para lidiar con los caballos más complicados, como la propia vida áspera y dura. Todo lo superó con grandes dosis de sacrificio y entrega, en una inquebrantable vocación de servicio.
Es verdad, personalmente no me resulta fácil ocultar mi admiración. Un sentimiento que le manifesté siempre que tuve ocasión de conversar con él. Y tras haber tenido la fortuna de conocerle, considero que no le hacía falta ningún récord para formar parte de la historia de nuestro deporte.
A mi juicio, la nobleza no consiste en un título social, sino en un atributo, un rasgo de la personalidad que sólo algunos poseen y del que Fernando andaba bien sobrado. Aun así, entre otras distinciones, fue galardonado con las Medallas de Oro al Mérito Deportivo y del Consejo Superior de Deportes, así como la Medalla al Mérito Deportivo del Gobierno Francés. Elegante en unos tiempos en los que impera el mal gusto, incluso coqueto a pesar de su avanzada edad, su figura era el paradigma del buen aficionado que nunca se perdía una cita tan importante como el CSI de Madrid. Y es que la pista verde del Club de Campo era casi como su segunda casa.
De su extensa familia, recuerdo a quien fuera alcalde de Madrid durante tantos años, José Mª Álvarez del Manzano, reafirmándose en su segundo apellido: “...y López del Hierro”, para a continuación presumir de ser sobrino de un personaje tan ilustre como Fernando.
Sólo tengo la suerte de conocer a dos de sus hijos, y ambos son dignos herederos de sus mejores cualidades. Eduardo hace gala de una afición ecuestre que no conoce medida. No hay ejemplar que no disfrute montando, ni distancia que le parezca insalvable para saborear una buena tarde de caballos.
Cristina, apasionada de los caballos y del arte, profesaba una auténtica adoración por su padre. Tuvo la feliz idea y la generosidad de abrirnos las puertas de su casa para compartir una deliciosa mañana llena de recuerdos...”Papá cuéntales cuando jugabas al Polo con Alfonso XIII”... Aunque nunca se lo agradeceré suficientemente, como pago de parte de la deuda, quisiera enviar a Cristina y a Eduardo mis mayores muestras de cariño y mi agradecimiento por contar con su amistad. Es todo un orgullo para mí.
En la despedida a Fernando, me conmueve su lucidez y el profundo amor a su gran familia. Tal como se preparó para el deporte en vida, también quiso estar bien dispuesto para el último suspiro. Piadoso en todos los órdenes, supo entregar su alma a Dios como había entregado su vida a los demás.
Un Caballero en la más amplia extensión de la palabra. Un ejemplo a seguir