Si viajas a África, y en el improbable supuesto de no tener ninguna información ni conocimiento sobre una de las especies animales de cuya visión vas a poder disfrutar en gran parte de este continente (África central y del sur), la cebra, podrás adivinar tan sólo con observar cómo se mueve, cómo galopa, su parentesco con esa otra especie animal, el caballo. Los équidos nos llevan acompañando en los quehaceres cotidianos desde hace miles de años (unos 5.000). Se incorporaron a la vida del hombre tras un proceso de domesticación en Asia, Europa y norte de África. El Equus caballus comenzó a colaborar en labores agrícolas, y a funcionar como motor animado ayudando en nuestro transporte y en el desarrollo de nuestra industria, y también como fiel aliado en las batallas. El caballo ha sido una pieza clave en la historia de la humanidad y desde sus inicios ha estado presente en la mayoría de los acontecimientos que han determinado el devenir histórico. Pero en nuestros días, el principal empleo que se le da al caballo son actividades de recreo y deporte.
Efectivamente una y otra especie se asemejan, cebras y caballos parecen miembros de un mismo clan, y esta es la teoría o hipótesis evolutiva por la que apostamos (siendo muchas y muy variadas).
Ambos pertenecen, junto con el asno, a una misma familia, Equidae, familia del orden de los Perisodáctilos (mamíferos ungulados que se caracterizan por la posesión de extremidades con dedos impares, uno de los cuales está más desarrollado y sirve de apoyo), que contiene un único género, Equus. Los équidos se caracterizan por la presencia de dientes de corona alta, aptos para pastar hierba en praderas, estepas y semidesiertos, la presencia de un único dedo recubierto de casco en cada pata y un estilo de vida más o menos social. Dentro del género Equus se distinguen tradicionalmente tres especies, el caballo, el asno y la cebra. Todas comparten al parecer un ancestro común, el Hyracotherium (Owen, Inglaterra, 1839), en la terminología científica, o el Eohippus (March, Estados Unidos, 1876) en el conocimiento popular. Los dos zoólogos mencionan a un animal con aspecto de zorro que vivió en América del norte hace unos 50 millones de años (Eoceno). Se trataba de un mamífero herbívoro de pelaje rayado de una altura promedio de 35 a 40 cm, con el dorso arqueado. Sus extremidades anteriores presentan cuatro dedos funcionales, uno de ellos ostensiblemente mayor que los demás, con un quinto dedo atrofiado en la parte medial de la mano. Las patas traseras poseían tres dedos funcionales acentuándose aún mas la diferencia en tamaño del dedo central con los laterales. También tenía un cuarto dedo atrofiado en la cara medial del pie. Todos los dedos funcionales presentaban su falange distal recubierta por una pequeña pezuña. Sus dientes estaban adaptados al consumo de hojas tiernas de los arbustos. Sus ojos se situaban más bien hacia el centro de la testa, impidiéndole una buena visión lateral, especialización que en el caballo actual sirve como sistema defensivo, y que el Eohippus no necesitaba, ya que en el ambiente selvático en el que habitaba, el abrigo rayado que le servía como camuflaje era suficiente para evitar a los depredadores.
Richard Owen, creacionista convencido, no podría imaginar que aquella “criatura semejante a la liebre o a algún otro tímido roedor” fuera la forma más antigua conocida del caballo. Veinte años después, Charles Darwin publicaba su Teoría de la Evolución que trastornó el pensamiento mundial. Muchos investigadores comenzaron entonces un laborioso trabajo de reconstrucción evolutiva. De entre estos destaca Othniel Charles March, quien en 1876 recibió los restos de una muestra primitiva particularmente pequeña para agregar a su colección de fósiles de caballos y le dio el nombre de Eohippus. Años más tarde, Coppe, su rival más importante descubrió que éste no era otro que el Hyracotherium descrito por Owen en Inglaterra.
Los grandes cambios que desde el origen descrito se produjeron en la anatomía del caballo se deberían fundamentalmente al abandono de los bosques y la conquista de las estepas y las praderas, es decir, a la necesidad de adaptación a un nuevo hábitat, como consecuencia fundamentalmente de variaciones climáticas y geológicas. Los caballos tuvieron que adaptarse a la vida en los grandes espacios abiertos.
Las modificaciones morfológicas más importantes fueron:
- Aumento del tamaño corporal. Un animal grande y fuerte tiene mayor facilidad para escaparse de sus depredadores y superar situaciones adversas.
- Desde unos dientes de corona baja adaptados para el ramoneo evolucionó hacia una dentadura con superficies masticadoras amplias y duras, que pudieran triturar la hierba y resistir el alto grado de deterioro causado por el uso. En la cabeza del caballo de hoy la mayor parte la ocupan sus poderosas mandíbulas con músculos masticadores muy fuertes y dientes realmente enormes que tienen su asiento en huecos profundos.
- A partir de pequeños animales con dedos múltiples que se movían con facilidad sobre un terreno fangoso, se desarrolló el solípedo, adecuado al terreno firme y seco: un casco duro y estrecho y unas largas patas le permitían alcanzar altas velocidades y escapar de sus enemigos.
Evolución americanaLa mayor parte de la historia evolutiva del caballo se desarrolló en el continente americano, y más específicamente en el norte, pero posiblemente la presión de los cazadores, o quizá alguna epidemia, provocó su desaparición. Afortunadamente hasta bien avanzado el período glaciar existió una estrecha conexión de tierra firme, el puente de Bering (puente terrestre Alaska-Siberia), que permitió al ancestro del Equus extenderse por las estepas de Eurasia y las sabanas africanas, evitando así su extinción definitiva. Serían los conquistadores españoles quienes muchos años después devolvieran el caballo a su lugar de nacimiento como especie.
Puede que sea en este momento histórico cuando comienzan a diversificarse las distintas especies y razas de Equus, como consecuencia de su adaptación a los diferentes medios, condicionados por diferentes climas, alimentos, terrenos. Al margen de la evolución del actual caballo doméstico (es un hecho que aquí se plantea tan sólo como hipótesis basada fundamentalmente en aspectos morfológicos similares, movimientos semejantes, modos de vida parecidos: naturaleza gregaria, orden social jerárquico, vida nómada…), que cebras y caballos, y también asnos, tienen un mismo origen. Y aunque los caballos domésticos conservan instintos primitivos y el deseo de ser libres, para analizar estos rasgos que nos aproximan una y otra especie, debemos recurrir al único caballo salvaje que se conserva en la actualidad, aunque no en libertad, el Przewalski. Da testimonio morfológico de este supuesto origen común. Un ejemplo, las ‘rayas de cebra’ que conserva en las patas. Aunque hoy en día este es un rasgo diferenciador entre especies parece ser que el abrigo rayado no es una evolución, sino que consiste más bien en una pérdida de éste; sería por tanto un rasgo primitivo, una reminiscencia atávica del género Equus que presentaban la mayoría de los équidos antes de las glaciaciones (recordemos que el Eohippus se caracterizaba por un pelaje rayado que le permitía camuflarse); así todavía hoy podemos observar rayas en las patas y en el lomo de asnos y caballos salvajes.
La teoría darwinistaSegún Charles Darwin, todos los caballos domésticos descienden de “una rama primitiva única, de color pardo, con más o menos franjas”. Pero además hay otros rasgos coincidentes:
Crin de pelos cortos y erectos y desprovista de mechón frontal.
Pelos de la cola largos e hirsutos, escasos en la parte superior.
Orejas grandes.Menor tamaño y constitución fuerte y vigorosa.
La cabeza es robusta, el cuello grueso y muy musculoso y las patas relativamente cortas.
Gran resistencia y velocidad.Además del caballo de Przewalski, único realmente salvaje que conservamos en la actualidad (pero sólo en cautividad), son otros muchos los que tras haber sido domesticados, se han asilvestrado y han regresado a un modo de vida libre y salvaje, los cimarrones. Es en estos, que viven en libertad, en los que podemos observar modos de vida semejantes a los de las cebras. También realizan migraciones y llevan por tanto un modo de vida nómada, cubriendo largas distancias en determinadas épocas del año para comer y beber. Viven en grupos como modo de protección: los depredadores se desconciertan ante una manada al galope, y sólo los más débiles perecen. Ahora bien, caballos salvajes y cebras no comparten distribución geográfica y por tanto no comparten depredadores, a los cuales los primeros difícilmente se pueden enfrentar, estando en la mayoría de las ocasiones en inferioridad de condiciones, por ello se valen de otros recursos, excelentes atributos sensoriales y físicos: permanecen siempre atentos a los posibles peligros, con los sentidos del oído y la vista especialmente desarrollados para detectar cualquier peligro; se valen para escapar de una gran velocidad y resistencia. La posición de sus ojos les dota de un amplio campo de visión y unas orejas capaces de trazar un ángulo de casi 360º actúan a modo de radar. Utilizan la huida como mecanismo de defensa; la lucha sólo es entre ellos, por la supremacía en la manada.
Las cebras sí se muestran agresivas (el medio ha condicionado su evolución) y luchan contra sus depredadores a mordiscos y a coces, siendo los más peligrosos para ellas los leones. Hienas y leopardos sólo se atreven con los ejemplares más jóvenes. Y, como no, los cazadores, animados por su carne y por la belleza de su piel.
La indómita cebraAhora bien, quizá el rasgo que de modo más claro marca la diferencia entre el caballo y la cebra, es la imposibilidad o dificultad que presenta esta para ser domesticada. Aunque en algunas zonas parece que se usan en carreras de tiro. Y es posible que durante un tiempo fueran sometidas y domesticadas, pero que por diferentes motivos regresaran a la vida salvaje. No sería un hecho aislado. Hay testimonios que nos hablan de la antigua domesticación del onagro, animal afín al caballo: se conservan placas (tablillas de arcilla) en las que aparecen hombres sentados en la grupa de un onagro (en la zona de Mesopotamia).
En las regiones subárticas de Eurasia, en pinturas rupestres de la costa del mar Blanco, se encuentran representaciones de arces arrastrando hombres en patines, tirando de trineos y uncidos a carros de combate. Estas especies que hoy sólo encontramos en estado salvaje fueron domesticadas para los usos exclusivos de monta y tiro, práctica que se abandonó al encontrar sustitutos más convenientes, el caballo y el reno respectivamente, tras lo cual el onagro y el arce regresaron a su hábitat y a su estado salvaje.
Unos animales han ido sustituyendo a otros en el desempeño de determinadas tareas. Los caballos de tiro han sido utilizados desde la antigüedad, pero hasta el siglo XVI los caballos más pesados eran usados en las batallas para soportar el peso de los caballeros con sus armaduras (unos 230 kilos). La introducción de las armas de fuego y el desarrollo de las tácticas militares permitió que los caballeros pudieran prescindir de las pesadas armaduras, por tanto los caballos pesados fueron poco a poco sustituidos, en las labores militares, por otros más livianos y veloces especializados en funciones de reconocimiento. Aquellos, los más pesados, fueron destinados al trabajo en el campo, reemplazando a los bueyes, extremadamente fuertes pero carentes de velocidad y agilidad.
¿No pudo ocurrir algo semejante con la cebra?