Última actualización 18/07/2012@13:05:35 GMT+1
Cuando uno descubre la excelencia de los paisajes a los que solo se puede acceder a lomos de un caballo, no puede evitar sorprenderse por la escasez, o prácticamente la inexistencia, de otros jinetes que aprovechan esta magnífica red de vías pecuarias para ejercitar su afición
Texto: Javier Hidalgo
Fotos: Javier Hidalgo y Fernando Parias
Recorriendo la Sierra de Huelva a caballo esta primavera, no dejaba de sorprenderme el hecho de que, contando con una cabaña tan numerosa de équidos en la Baja Andalucía y teniendo la disponibilidad de viajar por estos parajes de indudable atractivo natural, no encontráramos otros jinetes en el camino. “En esta tierra hay muchos caballos pero muy pocos jinetes”, decía un amigo mío….
Y no le faltaba razón. En ciertas ciudades y pueblos del Valle del Guadalquivir se dan los censos equinos más altos de España; sin embargo, rara vez se encuentra uno a alguien que esté practicando la jineta fuera de las escuelas y picaderos. Es como si los propietarios mantuvieran los caballos todo el año estabulados o sueltos en el campo, con el solo propósito de utilizarlos el día de la feria o de la romería local. Queda desaprovechado así el amplio espectro de posibilidades que nuestros espacios naturales brindan al jinete que quiera adentrarse en el conocimiento de los distintos hábitat y sistemas que conforman nuestro medio rural.
Porque no solo están las sierras con su sinfín de caminos, a veces trazados por el contrabando, a veces por el maquis de la postguerra, a veces por los ganados transhumantes. Está además la campiña con sus sucesiones de terrenos de labor y cortijadas. Están los viñedos circunscritos a blancas casas-lagares; a lo largo de la costa, los pinares visten de un verde especial a las dunas y los acantilados, y ¿qué decir de la Marisma, esa uniformidad llana que se extiende de forma que no tiene límites ni horizontes?
Durante décadas he cabalgado por las playas atlánticas del suroeste español: trotar o galopar sobre los bancos de arena descubiertos por las grandes bajamares al atardecer o al amanecer, disfrutando de las aves marinas y limícolas o simplemente de la puesta de sol, supone una inefable delectación que ya quisieran tener al alcance de su mano muchos aficionados de nuestros vecinos países europeos. Sin embargo, ¿cuántos jinetes encontramos en la playa, aparte del grupo de la escuela hípica local o de la cuadra que alquila a los extranjeros? Esa afición a poseer un caballo no se ve correspondida con la de utilizarlo para el deporte o el paseo.
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