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Última actualización 23/01/2012@10:18:43 GMT+1
Caballos que escaparon de la domesticación para vivir en total libertad y que habitan en las zona de contacto entre las dunas y la marisma
Texto y fotos: Javier HIDALGO
Durante muchos siglos, tal vez milenios, el territorio enclavado en lo que hoy se conoce como Espacio Natural de Doñana y otros terrenos aledaños mucho más extensos, que formaban parte del complejo de cotos y marismas del cauce bajo del Guadalquivir y que fueron transformados por la actividad humana, se encontraron poblados por vacas y caballos semisalvajes, que han formado parte de las biocenosis o comunidades naturales de animales que vivían en estos ecosistemas. Y lo han hecho mediante una integración absoluta, interrelacionándose de forma natural con las otras especies y con el medio. A veces, esta relación ha sido de predación, es el caso de las yeguas marismeñas que consumen huevos de aves limícolas como canasteras, chorlitejos, cigüeñuelas, etc. Otras veces, la relación es de favor hacia otras especies, como por ejemplo cuando las vacas y yeguas, al pastar en zonas inundadas, dejan restos de plantas acuáticas arrancadas que aprovechan los fumareles, los somormujos y las fochas como material de construcción para sus nidos. En otras ocasiones se dan relaciones simbióticas, tal es lo que ocurre con los espulgabueyes o garcillas bueyeras, siempre escoltando a las reses vacunas y caballares, a las que liberan de parásitos y a cuyo paso capturan los insectos que se levantan como grillos y saltamontes. Los cadáveres de estos ganados son consumidos por buitres, alimoches, milanos, cuervos y urracas, que proceden de las sierras gaditanas y onubenses en los dos primeros casos y de los vecinos cotos en los demás.
Al ganado vacuno marismeño, también conocido como vaca mostrenca, se le atribuye el origen del cuernilargo americano, el long-horn que vemos en las películas del oeste, al haber sido embarcados en las naves de descubridores y conquistadores que en la Edad Media surcaban el Atlántico camino de las Indias Occidentales. Igualmente, los caballos de estos parajes debieron ser cargados en las mismas naves y bien pudieran haber originado las razas sudamericanas como el Criollo o el Pasofino y el Mustang de los Estados Unidos.
Aunque en una era geológica pasada el caballo habitaba los dos continentes americanos, por alguna razón desconocida desapareció de ellos hace entre 10.000 y 8.000 años. Desde entonces no fue hasta la llegada de Colón cuando aparecieron de nuevo los caballos en América. Estos jugaron papeles diferentes a lo largo de las distintas fases de la colonización. Así, durante la etapa del Descubrimiento, aunque presentes, su rol fue prácticamente insignificante. Sin embargo, desempeñaron una labor crucial en la fase de la conquista, cuando los soldados españoles sometieron a los habitantes indígenas infundiéndoles su cultura y sus costumbres. La desproporción en aquellas luchas, entre la caballería de los invasores y los escasos medios de los nativos, debió ser notable. Durante el período de colonización, las familias que allí fueron a establecerse trajeron caballos y otros ganados domésticos, como vacas y cabras. Los primeros prestaban un impagable servicio como medio de transporte y como herramienta valiosa para las diversas labores agrícolas y ganaderas.
Entre dunas y marisma
De esos caballos casi mitológicos originales del Bajo Guadalquivir, que debieron conocer las civilizaciones mediterráneas que, en busca del paraíso, se aventuraban más allá de las Columnas de Hércules, el Non Plus Ultra, y tornaban hacia la boca del río Betis, en esa costa atlántica andaluza, proceden los que hoy siguen pastando en la marisma y en los cotos en estado prácticamente salvaje. Son los caballos conocidos como “de las Retuertas” o “retorteros”, por habitar preferentemente esta región de las retuertas, la franja de transición entre las cadenas de dunas y la marisma, más rica en pastos por recibir durante el verano los aportes de agua escurrida de las arenas atlánticas y en consecuencia donde, tanto el líquido elemento como algo de hierba verde son asequibles a lo largo del estiaje.
Esta franja de terreno, que consiste en praderas salpicadas de espesares de juncos y rodales de zarzas, limitada a un lado por la cadena dunar y al otro por el agua de la marisma, tiene características de ecotono y, por tanto, es rica en especies animales. Se la conoce más ampliamente como la Vera, y en algunos lugares su extensión se dilata en zonas abiertas de césped mientras que en otras se forman lagunas del escurridero de las dunas, como en el caso de El Hondón, una amplia charca que contiene agua incluso en los meses de verano y donde, lógicamente, se concentra el ganado, venados, gamos e infinidad de aves acuáticas, limícolas y garzas.
Costumbres
En toda esta región del Bajo Guadalquivir ha sido tradicional para una buena parte de la población periférica de la marisma, sobre todo aquella ligada al campo, el tener y montar caballos. Caballos que por mucho tiempo sirvieron en los trabajos agrícolas, en el manejo del ganado y como medio de transporte en ese complejo de espacios dunares, monte mediterráneo y especialmente la marisma, en la cual no solo ha sido utilizado y se utiliza aun como bestia de montura y carga, sino también, en los meses de inundación, como elemento tractor del cajón, una barca de fondo plano que sirve como vehículo en los meses de invierno. El cajón es arrastrado mediante una cuerda que se ata a la cola del caballo, que a su vez va montado por un jinete.
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