Hemeroteca :: 01/11/2011
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Última actualización 25/10/2011@17:49:37 GMT+1
Un acontecimiento social, deportivo y turístico, que cada mes de agosto concentra en la bella ciudad gaditana a miles de visitantes para presenciar en directo las carreras de caballos al atardecer con Doñana de fondo

Texto: Javier HIDALGO
Fotos: Juan Antonio CARO
Hace poco me entrevistaba un periodista local cuando bajaba de la báscula, tras haber participado en una carrera, y me preguntaba si el hipódromo sanluqueño era diferente de los demás. Mi respuesta fue directa y obvia. Imagínese el lector que no ha vivido una tarde de carreras en esta localidad, una pista de competición que queda limitada a un lado por el público y al otro por la orilla del Guadalquivir. El trazado no es precisamente oval, sino que sigue el paralelo de la siempre caprichosa línea que marcan las mareas como límite entre la tierra y el agua. Y luego está el piso, la fina arena compactada por el baño de agua salada que, mejor que la hierba o la tierra batida, ofrece una superficie ligera y blanda al mismo tiempo, con una compactación que absorbe las vibraciones en beneficio de los tendones de los équidos. Aquí, los cascos de los caballos no levantan pellas de barro, sino arena y conchas milenarias que han visto galopar a los caballos mitológicos que conducían los toros de Gerión, a los corceles que se embarcaron para las Indias Occidentales en las naves de los conquistadores y al endémico caballo de la Retuerta que pasta salvaje en el borde entre la marisma y las dunas.

Seguidamente, el periodista me preguntaba si yo prefería este hipódromo a los demás. También aquí la respuesta estaba cargada de obviedad. Estas carreras fueron ideadas por jinetes aficionados y para jinetes aficionados que prefieren la aventura de su singularidad frente a la rutinaria estructura de los demás hipódromos: dos vallas blancas que delimitan y protegen el escenario de la carrera.

Dicen que el origen de estas pruebas hípicas, que cumplen este año su 165 edición y son por ello las más antiguas de España, está en la competencia que se establecía entre los distribuidores de pescado que acudían con sus carruajes y caballerías a la diaria descarga de los barcos pesqueros en Bajo de Guía. Estos comerciantes se disputarían a base de velocidad el llegar primero a los puntos de venta de la mercancía, y obtener así mejor trato comercial.

Sin embargo, la oficialidad de las carreras sanluqueñas, la aplicación de un código que marcara las reglas de la competición, data de 1845 y fue instrumentada a partir del código de carreras británico, en vigor desde muchos años antes. La existencia de una colonia de comerciantes ingleses en la ciudad y las conexiones que existían y existen todavía hoy, entre Sanlúcar y Gran Bretaña, basadas en el negocio de exportación de vinos locales, manzanilla y jerez, debieron propiciar el interés por las carreras y la importación desde aquel país de las normas que las rigen. Muy revelador es también el hecho de que tradicionalmente hayan sido las casas vinateras de aquí las patrocinadoras de la competición y de que sea la Manzanilla, el vino sanluqueño por exclusividad y excelencia, la bebida oficial que se sirve en el recinto de llegada.

Más información en Trofeo Caballo 146

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