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Lady Anne Blunt

Última actualización 23/09/2010@14:36:03 GMT+1
Esta descendiente del poeta lord Byron fue una apasionada del mundo musulmán

TEXTO: Laura Águeda
Fotos: Luis Alonso
Una vez más una dama inglesa, una lady victoriana, una aristócrata de exquisita educación, gran talento artístico y cuantiosa fortuna que se enamora de Oriente, del mundo musulmán en general y de la forma de vida nómada y errante y la idiosincrasia del pueblo beduino en particular, quizá por oposición y en contraste con el mundo de apariencias y prejuicios sociales y morales que imperó en la rígida Inglaterra de la segunda mitad del siglo XIX. Anne Isabella King Noel es por méritos propios una de las más eximias representantes de nuestra serie de amazonas históricas.

Sus condicionantes familiares.

Su familia sin duda marcó su futura existencia:
Hija de una eminente matemática, Ada Byron, que en los albores del siglo XIX sentó las bases del lenguaje informático colaborando con Charles Babbage, una de las primeras personas en concebir la idea de lo que hoy llamaríamos una computadora.

Nieta del poeta lord Byron, quien en su momento gustó también del viaje y realizó el Grand Tour en compañía de un amigo, un viaje iniciático por las ciudades con más historia del Mediterráneo. En él tuvo ocasión de conocer, en Atenas concretamente, a Lady Hester Stanhope, antecesora de Lady Anne Blunt en su periplo oriental y en su pasión árabe, y con la que esta compartió no pocas señas de identidad: la señorita Stanhope -la primera protagonista de nuestra serie de amazonas históricas- nació en Inglaterra en el seno de una familia acomodada, ella a finales del siglo XVIII, intrépida viajera, amante de una vida nómada, errante y alternativa, convivió un tiempo con el pueblo druso -como lo hará tiempo después Anne Blunt con los beduinos-, y, sobre todo, y lo que más nos compete a nosotros, fue una gran apasionada de los caballos y de la equitación: montó a caballo toda su vida, allá donde estuvo, y una vez adoptó ropajes masculinos lo hizo montando a horcajadas sobre los magníficos ejemplares de caballos de Pura Raza Árabe que diversos jeques y emires le fueron regalando en los diferentes destinos en los que recaló en su transitar por Tierra Santa, Siria, Líbano... En los últimos años de su existencia vivió aislada, como una eremita, en un monasterio de Monte Líbano. También Anne Blunt pasó sola su vejez en su casa a las afueras de El Cairo, Sheykh Obeyd, hablando solo árabe, “el idioma de sus sueños y sus pensamientos”, y dedicada por entero al cuidado de sus hermosos caballos Purasangres: viviendo del comercio de caballos y en el más puro estilo árabe.

Casada con Wilfrid Scawen Blunt, perfecto caballero inglés nacido en el seno de una noble y antigua familia de Sussex. Poeta y diplomático de profesión, mujeriego por afición y aventurero y explorador por devoción. Como otros británicos adinerados del siglo XIX renunció a una existencia confortable y ociosa en su Inglaterra natal para vivir al modo oriental: amó y admiró la sociedad árabe y se convirtió, así como su esposa, en un importante valedor del nacionalismo árabe. Quién sabe si Anne se enamoró de él atraída ya de antemano por la idea de este modo de vida o si su relación fue lo que la llevó a conocer esta alternativa, a desearla y a disfrutarla ya el resto de su vida. El matrimonio Blunt, inteligente, dotado de talento artístico, sensible… poco o nada tenía que ver con la rígida e hipócrita sociedad británica de la época victoriana; por ello buscó y halló en el mundo musulmán, y en concreto en las tribus beduinas del desierto de Arabia, valores y sentimientos olvidados ya en occidente, un concepto de vida valiente, caballeresco, sensual y refinado. Wilfrid que dedicó no pocos poemas a los beduinos los calificó como “los últimos hombres honorables y caballerosos”. James C. Simmons escribió sobre este extravagante matrimonio: “Habían abandonado el cenagal de Europa, habían roto con la fealdad y el ruido, para bañar el alma enferma en la salutífera fuerza de Oriente. El mero cambio de las ropas de Londres, exentas de gracia, por las blancas túnicas de Arabia era como nacer de nuevo”. Además contaban con el apoyo económico suficiente como para poder permitírselo. Tenían un proyecto de vida que Wilfrid definió del siguiente modo: “Ninguna vida es perfecta si no se ha vivido cuando joven dedicado a los sentimientos, cuando maduro a la lucha, y cuando anciano a la meditación”. Lo cumplieron casi al pie de la letra.

Una pasión compartida, los caballos.

Pero si algo fue una constante en sus vidas fue sin duda su pasión por los caballos, esta marcó su existencia: sus viajes al desierto en busca del verdadero caballo árabe, aquel que importarían a Inglaterra a sus cuadras de Crabbet Park y que daría lugar a la creación del Crabbet Arabian Stud.

En 1872 falleció el hermano mayor de Wilfrid y este heredó la propiedad familiar de Crabbet Park, una magnífica mansión en el campo, de estilo Tudor, con extensas tierras, quince sirvientes y una renta anual de 21.000 libras esterlinas.

Anne fue una magnífica amazona y en el desierto cabalgó a lomos de caballos Árabes vestida siempre a la manera árabe. Ya a su llegada a Constantinopla en 1873 el matrimonio Blunt cambiaría su indumentaria occidental por túnicas y desde entonces vestiría al modo árabe.

Anne optó por un modo de vida lleno de arriesgadas expediciones por los ardientes desiertos de Arabia, y cabalgó los más de 3.000 kilómetros que separan el Mediterráneo del Golfo Pérsico sin guías ni caravanas. Y es que a pesar de su condición de aristócratas y de que eran realmente ricos, los Blunt no viajaban con grandes lujos; les gustaba experimentar la sensación de libertad que les proporcionaba viajar con pocos medios y en muchas ocasiones sin escolta: dormían sobre una alfombra y comían sentados en el suelo y con las manos, a la manera árabe: “Uno de los encantos que encierra la vida en las tiendas es un sentimiento de absoluta propiedad que uno tiene sobre el pedazo de tierra en el que acampa, el derecho a hacer precisamente todo lo que uno quiera en él”, escribiría la propia Anne. Además pensaban que de este modo, viajando solos, serían mejor recibidos por las tribus del desierto, y así fue. Según cuenta Cristina Morató en Viajeras intrépidas y aventureras: “A diferencia de otros viajeros de su época, los Blunt viajaban sin prejuicios y sin juzgar las costumbres de los beduinos. Sólo así consiguieron ganarse su confianza y ser aceptados en sus campamentos. Compartieron con ellos largas noches junto al fuego, saboreando café amargo y deliciosos dátiles, durmiendo bajo las estrellas y participando en sus fiestas”.

En su expedición por los fértiles valles de los ríos Tigris y Eúfrates se prendaron de los paisajes de extensas llanuras tapizadas de un manto verde y de multitud de flores de variados e intensos colores; Wilfrid, amante de la cetrería, se quedó entusiasmado con la cantidad y la variedad de la caza que allí observó: patos, gansos, faisanes y multitud de perdices.

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