Última actualización 21/12/2009@10:19:29 GMT+1
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| Real Escuela |
La disciplina que nació en casa de emperadores y monarcas europeos ve peligrar su existencia de no desvincularse de la Doma Vaquera, disciplina que nace en el campo y a la que no se parece en absoluto. La Federación Española debería actuar si no quiere perder una de las prácticas ecuestres más antiguas y plásticas de la equitación
Texto: R.B.
Fotos: Horse PRESS
Viena, mayo de 1580. Las copiosas nevadas del invierno ya se despiden de la bella ciudad imperial europea y dan paso a un tímido sol que no impide el afloramiento de una primavera esperada ni tampoco el alegre canto de los pájaros de palacio. Con la piel un poco dorada las endorfinas tienen un ciclo vital distinto, están más alegres, felices.
Esta felicidad llevó al archiduque austriaco Carlos II, entronizado príncipe de las regiones eslovenas bajo la corona austriaca, a alimentar su gran pasión por los caballos barrocos, especialmente por los caballos andaluces. En esta época, el siglo XVI, las tierras eslovenas pertenecían a los Habsburgo, una monarquía grande y fértil en la que los caballos eran una pieza fundamental para la corte. No solamente cubrían las necesidades más elementales de la vida diaria, el correo postal, la compra, visitas…, sino también, y esto es lo importante, las necesidades de ocio de los emperadores, emperatrices e infantes. Las monarquías centroeuropeas alimentaban a sus ganaderías con la inagotable fuente equina que parecía ser la cabaña caballar española. En un momento dado de la historia, la española fue la más importante y prestigiosa de Europa. No había un solo establo de los palacios europeos donde no se criara con sangre española, hasta que el sector empezó a decaer en nuestro país. Fue entonces cuando la casa real de Austria decidió crear una ganadería con la base ganadera española que ya tenía en el palacio imperial. Así, Carlos II adquirió el pueblo de Lipica y sus alrededores; pensaba que esta tierra eslovena guardaba un cierto parecido con la campiña andaluza, lo que parecía ser idóneo para la cría de los futuros caballos imperiales, el caballo Lipizzano.
Como todo el mundo sabe, las guerras se cebaron con el territorio europeo durante los siglos posteriores a la aparente calma imperial, lo que obligó a emperadores y reyes a trasladar e incluso abandonar a sus caballos hasta tiempos de esplendor. Con todo, esto no impidió la creación en Viena de la Escuela Española de Equitación en el picadero imperial, espacio de recreo y formación ecuestre de la raza equina lipizzana, creada por la monarquía austriaca hace ahora cuatro siglos. En este recinto se adiestraba al caballo desde su nacimiento en tierras eslovenas hasta su graduación equina en los establos del picadero imperial. Los potros llegaban a la ciudad sin doma alguna y caían en manos de avezados jinetes, normalmente con rango militar, que iniciaban una primera fase de adiestramiento llamada Baja Escuela. La Baja Escuela es la parte más elemental en la enseñanza de un caballos, algo parecido a la enseñanza general básica en la educación de un ser humano. Se educaba el paso, el trote, el galope, la cadencia, el ritmo, la regularidad, la rectitud, la obediencia a la voz del amo… En síntesis, se le enseñaba a ser adulto. Para dar el paso a la segunda y definitiva etapa en la doma de un caballo lipizzano hay que peinar canas, como bien le pasa al caballo austriaco, que se caracteriza por su aclamado pelo blanco y por su exuberante e imponente físico. En la Alta Escuela, los jinetes y profesores del picadero imperial de Viena desarrollaban los aires más elevados, como el piaffé, el passae, la posada, la levada, el paso español, la cabriola o la pirueta, todo ello tanto a pie como a caballo. Es decir, ejercicios que condensaban la magnitud, la grandeza y, sobre todo, el poderío de las casas reales europeas.
Esta particular manera de concebir la equitación no tardó en expandirse por el resto de casas reales europeas, pues la verdad, la Alta Escuela era una manera bastante real de distinguirse de la equitación del pueblo, que se limitaba a sostenerse sobre un animal que servía de medio de transporte. Así pues, la Alta Escuela escribe su época de mayor esplendor en el picadero de Versalles, en una monarquía donde todo el lujo y la pompa con la que uno pueda soñar no era suficiente.
Todo esta introducción, lejos de ser exacta en lo que a fechas se refiere, sirve para localizar el nacimiento de una disciplina que contemplan siglos de historia. Es decir, la Alta Escuela nace en los palacios europeos, esto es algo irrefutable y claramente demostrable, por lo que resulta llamativo e absolutamente inexplicable que la Real Federación Hípica Española se haya afanado por enmarcarla dentro del patrón deportivo de la Doma Vaquera, una disciplina deportiva nuestra y que encuentra su punto de partida en el manejo del ganado vacuno, vamos, en el campo.
También hay que decir que la disciplina ha derivado hacia una estética más campera que imperial. El jinete de Alta Escuela actual usa sombrero de ala ancha y traje de corto para sus exhibiciones y concursos y bocado vaquero y montura vaquera para su caballo, y esto dista mucho del atuendo original de los jinetes y de los caballos imperiales.
La Alta Escuela Española es la doma de mayor dificultad que recoge la tradición ecuestre española y que ha luchado durante años por hacerse un hueco, por crear una afición y un sitio entre los despachos oficiales de la Federación. Todo ello ha dado sus frutos. La Alta Escuela Española cuenta con un reglamento y con una importante afición. Esto no hubiera sido posible sin el esfuerzo de un grupo de jinetes, que hoy presume de tener una disciplina ecuestre reglamentada y con un calendario de competición.
La Alta Escuela se ha practicado y enseñado en las instituciones de mayor prestigio de Europa, como la Escuela de Viena, de Nápoles o la Real Escuela Andaluza de Arte Ecuestre de Jerez. En nuestro país, la disciplina se ha practicado de forma libre en exhibiciones y espectáculos sin reglamento oficial, por lo que se temía que pudiera perderse. Al igual que la Doma Clásica, disciplina deportiva que guarda un gran parecido con la Alta Escuela, la interpretación de los movimientos en armonía con la música es fundamental para la correcta ejecución de una hoja de ejercicios que data del siglo XVI. La adaptación de la Alta Escuela a la Alta Escuela Española ha permitido que el jinete vista con traje campero y con traje goyesco. Igualmente, el reglamento abrió la mano a la estética del caballo, permitiendo nuestro mosquero de lujo. La Alta Escuela Española tuvo su origen en Nápoles, cuando era parte del imperio español, pero su fin puede estar cerca si jinetes y Federación no resuelven sus problemas a corto plazo.
Hace ahora más de una década, un grupo de jinetes y aficionados andaluces comenzaron a trabajar para impulsar la Alta Escuela, lo que dio sus primeros frutos en 1998 con la elaboración del primer borrador de reglamento que llevaron a cabo Eugenio Díaz de Virgil y Luís Mahíllo. Este Reglamento fue aprobado por la Federación Andaluza de Hípica en 1999, año en que se impulsó el primer curso para formar jueces territoriales, con la colaboración de la Universidad de Córdoba. A partir de este mismo año comenzaron a celebrarse los primeros concursos y campeonatos de Alta Escuela Española en Andalucía, según los archivos de la propia Federación Andaluza de Hípica.
A nivel nacional, la Real Federación Española admitió el Reglamento de alta Escuela Española hace ahora tres años, cuando se celebró el primer Campeonato de España de la disciplina que tuvo lugar en el municipio malagueño de Coín.
En España, la Alta Escuela se ha conservado en su esencia entre las paredes del palacio del Recreo de las Cadenas, en Jerez de la frontera, donde se ubica la Real Escuela Andaluza del Arte Ecuestre. Hace más de cuarenta años, un joven rejoneador y ganadero jerezano fue admitido en la prestigiosa Escuela Española de Equitación de Viena para mejorar su nivel de equitación e incorporar conceptos de la equitación clásica, hasta entonces desconocidos para él.