Opinión/Editorial
Última actualización 30/11/2009@11:46:27 GMT+1
Ocho años después del brutal ataque que sufrieron los
doce caballos toreros de los hermanos rejoneadores
Luis y Antonio Domecq al volver de torear de la
madrileña plaza de Las Ventas, la Audiencia de Toledo
ha enunciado una sentencia ejemplar y que no
encuentra antecedentes en nuestro país en materia de maltrato
animal.
En concreto, el juez ha castigado al autor de los hechos,
padre de un rejoneador de segunda fila, a dos años y tres meses
de cárcel y a afrontar el pago de medio millón de euros en
concepto de indemnización a los jerezanos por la irreparable
pérdida de seis de los doce caballos que viajaban en el camión el
fatídico 2 de junio de 2001. La justicia ha tenido en cuenta una
consecución de hechos incontestables e irrefutables para
castigar a Callejón, elevando incluso la pena que en un principio
proponía el Ministerio Fiscal, pero, es de suponer que la
crueldad, la alevosía y la premeditación han sido tres conceptos
que han pesado y mucho a la hora de definir la sentencia.
Los sicarios que se encargaron del ataque reservaron para
los caballos una muerte lenta y dolorosa, una agonía final que
jamás se podrá compensar con dinero ni con barrotes de hierro.
Un dolor que se extendió por supuesto a los propietarios, a sus
familiares y a cualquier amante de los animales, a pesar de que
poco conmovió a las asociaciones protectoras de animales, que
no descolgaron el teléfono para apoyar a la familia afectada. Es
muy probable que los refugios animales no se manifestaran al
consideran maltrato animal en la propia fiesta nacional, pero
también es cierto que los doce caballos están ajenos a cualquier
debate, como debieron estarlo de las rencillas, las envidias y la
competencia del mundo del rejoneo, móvil del ataque.
Desde estas líneas, cabe aplaudir la decisión del juez de
Toledo al castigar con cárcel una salvajada semejante, lamentar
contar con un episodio de novela negra en la historia moderna
del caballo en nuestro país y descansar porque estos fueron
hechos aislados que no deben volver a repetirse. Así pues, se
cierra un capítulo angustioso para la historia del rejoneo y del
mundo del caballo.