Turismo ecuestre
Última actualización 27/03/2009@09:31:43 GMT+1
Muy cerca de la gran urbe que es Madrid, a unos 60 kilómetros, se sitúa el valle de la Fuenfría. Varios núcleos de población con gran encanto y abolengo como lugares de recreo de los madrileños, entre ellos Cercedilla o Navacerrada, se encuentran en sus proximidades. Visitar la finca que Mariano posee en esta zona, Jarahonda, es un aliciente más para subir a la sierra de Madrid; y tomar sus caballos y viajar con ellos por la sierra de Guadarrama, quizá hasta llegar a algún bello municipio de Segovia, es un lujo al alcance de cualquiera, una oportunidad que no debemos dejar pasar.
Situamos el valle de la Fuenfría en la zona oeste del macizo de Guadarrama, flanqueado en sus lados norte y oeste por sendas cadenas montañosas en las que se hallan montes tan singulares y conocidos como la Bola del Mundo, La Maliciosa, Siete Picos, cerro Minguete… Se trata de una zona abrupta, con desniveles que van desde los 1000 metros de los pueblos del pie de monte hasta los 2000 de las cumbres. Grandes contrastes caracterizan el paisaje, desde los desnudos pedregales y berruecos que caracterizan las formaciones de roca granítica hasta los verdes prados en los que abundan las hierbas de pasto y las medicinales. Así, los caballos que aquí cría y cuida Mariano disfrutan día a día de un entrenamiento natural: al no vivir estabulados pasan el día corriendo, subiendo para pisar terrenos nuevos y bajando a la llamada de su amo para comer. Además de mantenerlos en perfecta forma física, el vivir libres y sueltos hace que en el momento de montarlos y salir a pasear con ellos estos estén tranquilos y no sea preciso ni darles cuerda ni desfogarlos. En todo caso, son caballos mansos acostumbrados a las rutas y, por tanto, a ser montados por gente muy diversa, lo que no implica que no sean animales que bajo las riendas de un jinete experto puedan hacer disfrutar. Es decir, son maleables y se adaptan a las circunstancias y a las características de cada grupo y jinete en particular.
El valle del pinar
Volvamos al entorno, al valle de la Fuenfría, y digamos que en él, y cubriendo ambas laderas, la especie arbórea más común es el pino, especialmente el pino silvestre o albar; no obstante, este pinar constituye junto con los del valle de Valsaín y el de Navafría la mayor masa de pino silvestre del Macizo Central. El pino acoge de cuando en cuando algún que otro pequeño grupo de acebos que da cuenta de las duras condiciones climatológicas de la zona. Cuando el pino desaparece ladera arriba, son otras las especies que habitan las montañas, especies más adaptadas a las bajas temperaturas y al escaso suelo, solo el de las pequeñas grietas que se forman entre las rocas y el de las escasas áreas en las que no aflora la roca: matorrales almohadillados de piorno, enebro rastrero o brezo. Por lo demás, las cumbres se caracterizan por la casi total ausencia de vegetación, siendo la roca desnuda su más acertada descripción.
Por el contrario, las zonas más bajas, las que en su día estuvieron pobladas por fresnos y robles -y en las que todavía hoy podemos ver bellos y representativos ejemplares de robledales y encinares-, son en la actualidad y de la mano del hombre prados aptos para que el ganado, principalmente el vacuno, paste y se alimente, junto con jaras, retamas, cantuesos y tomillos.
En busca de las cumbres
La fauna que habita este plácido entorno está representada, entre los mamíferos, por el corzo, el ciervo, el jabalí o el tejón; con estos comparten espacio en amigable convivencia congéneres suyos como el gato montés, el zorro, la liebre… Pero entre todos los representantes del reino animal destacan sin duda por su abundancia y variedad las aves, y entre estas el águila imperial y el buitre negro.
Tras esta somera descripción del fantástico escenario, volvemos a centrarnos en nuestro pequeño viaje a caballo: recogemos los caballos, privándolos tan solo por unos días de su tan envidiada libertad, los ensillamos, los aparejamos y, tras comprobar que todo está en orden, partimos. Desde las inmediaciones del pueblo de Navacerrada iniciamos nuestro pequeño periplo a caballo hacia tierras segovianas. Y para ello deberemos cruzar la frontera natural que suponen las cumbres de Guadarrama y hacer uso de un paso tradicional entre las dos Castillas, La Nueva y La Vieja, un paso obligado para los viajeros ya desde tiempos de los romanos que hacían uso de la calzada que unía Titulcia (Aranjuez) y Segovia. Su uso durante la Edad Media lo testimonian valiosas plumas de la época, como el Arcipreste de Hita o el marqués de Santillana, que situaron allí, en las cumbres de Guadarrama, algunas de las andanzas de sus serranas.
Ruta de monarcas
Retomamos ahora nuestro camino y dejando a mano derecha el embalse de Navacerrada, orientamos nuestros pasos hacia el puerto de la Fuenfría, al que llegaremos tras atravesar el Parque Regional de la Cuenca Alta del Manzanares, el espacio natural protegido más extenso de la Comunidad de Madrid: cruzamos el río Navalmedio, afluente del Guadarrama, arribamos a la serrana localidad de Cercedilla, para desde allí tomar el camino conocido como de La República. Este debe su denominación a su uso durante la guerra civil por el ejército republicano como modo para llegar hasta Valsaín, a la sazón lugar de celebración de una famosa batalla. Antiguamente era este un camino real que unía el Palacio Real, en Madrid, con el Palacio de la Granja de San Ildefonso. El primero se edificó entre 1738 y 1755 estableciendo en él su residencia oficial el monarca Carlos III en 1764; el segundo palacio que tuvo como principal mentor al monarca Felipe V -aunque desde los tiempos de Felipe II Valsaín fue lugar de reposo para la realeza- estuvo en construcción hasta el reinado, de nuevo, del rey ilustrado Carlos III. El Palacio de La Granja se define como un conjunto arquitectónico de estilo barroco con claras influencias italianas. Recordemos que la segunda esposa del monarca Felipe V, la italiana Isabel de Farnesio, hizo traer arquitectos de su país para realizar las obras; sin embargo, fueron artistas franceses quienes trabajaron en el diseño de un magnífico conjunto escultórico al aire libre para sus jardines y exteriores. El que acabamos de describir es el camino viejo a Segovia, el que sube por la ladera occidental del valle de la Fuenfría; por el lado oriental y junto al arroyo de la Venta asciende otro, una calzada romana que data del siglo I d.C., de tiempos del emperador Vespasiano y que ponía en comunicación como ya dijimos más arriba las localidades de Titulcia (Aranjuez) y Segovia. El ascenso por este camino que sigue el curso del arroyo de la Venta nos permitiría observar especies protegidas propias de zonas con elevada humedad, algunas protegidas como es el caso de tejos, serbales o acebos.
Nosotros usaremos para llegar hasta el puerto de la Fuenfría el camino viejo o camino de La República. Una vez allí son obligadas sendas paradas en los miradores de Vicente Aleixandre y Luis Rosales, ambos con excelentes vistas; así como no podremos dejar pasar la oportunidad de comprobar la hora en el reloj solar que aquí hallamos y que lleva el nombre de Camilo José Cela: hitos culturales y literarios en plena naturaleza. Y el porqué, una fiesta, la del Aurrulaque, que desde los años 80, cada mes de julio, trata de promover el conocimiento del entorno de la sierra de Guadarrama y la necesidad de protegerla, cuidarla y amarla. El modo, una marcha hasta la pradera de Navarrulaque. Como colofón, la lectura de un manifiesto redactado cada año por una personalidad diferente, pero siempre relevante, acerca de temas relacionados con la naturaleza.
Fue a partir del segundo año de celebrarse la marcha cuando el recorrido comenzó a enriquecerse con escenarios de referencia cultural, siendo el primero de ellos el construido en honor del premio Nóbel Vicente Aleixandre, el ya mencionado mirador, que fue inaugurado en 1985 por el pintor Luis Rosales en calidad de presidente honorario de la fundación cultural de Cercedilla:
“Un poeta es, ante todo, un mirador del mundo; un poeta es una atalaya para ver la vida de una manera más bella, más patética, más concentrada y más serena. Ahora y para siempre desde este mirador, levantado como homenaje a su memoria, podremos ver el mundo con los ojos de Vicente Aleixandre”.