Opinión/Firmas
Última actualización 28/02/2008@17:12:37 GMT+1
Cuando estas líneas vean la luz, una temporada más de caza de liebres con galgos habrá llegado a su fin. Una temporada que en la Baja Andalucía ha sido generosa tanto por la abundancia de lepóridos que criaron bien durante el invierno y la primavera, como por la cantidad de días buenos que hemos tenido a lo largo del otoño y la entrada del invierno.
Para un cazador que monta a caballo o un jinete que caza, esta modalidad cinegética funde en una sus dos grandes aficiones. Seguir a los galgos que acosan a la presa requiere conocimiento del terreno y de las costumbres de los animales y dominio del arte de la jineta. Es quizás la disciplina de caza menos cruenta, junto con la cetrería, toda vez que el cazador simplemente se limita a poner en suerte el ancestral y permanente juego de la naturaleza en que participan predadores y presas.
Las carreras de liebres dan lugar a importantes ocasiones sociales donde se consolidan relaciones entre la gente del campo y constituyen el caldo de cultivo ideal para crear vocaciones hípicas. La carrera tras una collera que sigue a una buena liebre produce descarga de adrenalina que fomenta la afición entre los jóvenes jinetes, una cantera que luego abastece las distintas disciplinas del deporte hípico.
Por estas tierras de la cuenca baja del Guadalquivir, donde el buen tiempo está casi siempre garantizado, salir a caballo en pos de los galgos le permite a uno disfrutar del campo en su totalidad. Así el otro día en Cabeza Alcaide, cabalgando las coronas de los cerros albarizos que limitan y se asoman al estuario del viejo Betis, la naturaleza se mostraba en todo su esplendor. Perdices, codornices y conejos saltaban a cientos de los pies de nuestros caballos en el rastrojo de panizo. Águilas calzadas, milanos reales y ratoneros andaban a su acecho sobre el ala de jinetes. Hasta el exótico elanio azul entró a formar parte de esta asociación simbiótica. Abajo, hacia el oeste, la inmensa marisma, cuyos lucios de color celeste estaban salpicados por las hileras blancas de los flamencos, se extendía como promesa de vida de miles de aves acuáticas, bajo una luz que es quizás el patrimonio más valioso de nuestra tierra.
En este escenario y sobre un buen caballo, ¿qué más necesita el cazador-jinete o el jinete-cazador?
Ah, sí. Una liebre con muchos pies, como la última de ayer en Alijar, que tras cinco minutos de carrera sin regates, hizo pararse a un perro y se perdió del otro por distancia.
Un galope así a través de barbechos y rastrojos abiertos sin límite, con un piso adecuado, es, como decía Snaffles, lo más parecido al Paraíso en La Tierra.
Javier Hidalgo
Santo Domingo, diciembre de 2007