Recientemente estuvimos en Portugal a participar en la Feria de Gölegâ, máximo exponente de las costumbres ribatejanas y máximo exponencial de los ganaderos de caballos lusitanos. Es la más antigua de Portugal y la de la de mayor solera.
Dos días antes fuimos invitados a acosar en la fantástica propiedad de la Exma. Sra. Duquesa de Cadaval (
www.casacadaval.pt) no lejos de Gölegâ, en un pueblo llamado Muge. Un lugar idílico, situado en medio de viñas, alcornocales y otra vegetación propia de las dehesas Portuguesas. Allí tuve la oportunidad de conversar con Juan Cid de la Corte, una persona del campo y del toro. Presta sus servicios como lo hizo su padre y su abuelo, Casimiro el Viejo, en la ganadería de Torrestrella de Álvaro Domecq. Como es de suponer, su conocimiento sobre el manejo del ganado bravo no tienen rival.
El manejar el ganado bravo es cuestión de paciencia, de tranquilidad, de no “perderle la cara”, como se dice en el argot de los vaqueros. Por supuesto, la voz es otro elemento muy importante. Por regla general, no se debe gritar al ganado, a menos que se arranque, para intimidarlo. Las faenas que realizan en las ganaderías son muy variadas y todas entrañan un gran riesgo. Comenzando por señalamiento de los terneros cuando nacen. Hoy modernamente, por exigencias de las leyes comunitarias, hay que poner unos “zarcillos” de plástico con una compleja nomenclatura a cada ternero que nace y comunicarlo a la autoridad competente. Este será su DNI de por vida. Obviamente, arrebatar un ternerillo recién nacido a una vaca brava, no es fácil. Lo primero es saber, en una piara, cual es la vaca que va a parir, luego encontrar a su hijo y tercero compaginarlo con su madre sin equivocarte.
Dice Juan el conocedor de Torrestrella, que las vacas bravas son astutas y de gran instinto. Él sabe de un día para otro la que va a parir; cuando ve que ya está parida, imitando el berreo del ternero, observa hacia dónde mira. Es sólo un instante en el cual por instinto, la vaca indica donde tiene el hijo escondido. Luego, hace exactamente lo contrario, se marcha en dirección opuesta para despistar. Después hay que bajarse del caballo, coger al ternero, subirlo a montura y, tapándole la boca para que no berree, ponerle el “zarcillo” de plástico.
En las ganaderías de antes, se apartaban los becerritos de las madres, se herraban con su numeración correspondiente en el costillar, se señalaban de la oreja (lañado con navaja y un trozo de corcho) con la muesca de la casa y se soltaban de nuevo con sus madres para saber la que correspondía a cada cual. Varios días después, una vez tomado el número del hijo y el de la vaca, se destetaba de nuevo definitivamente. Esto se hacia a campo abierto con dos paradas de bueyes: una para las vacas sin las crías y otra para las que aún las tienen junto a ellas. Había mucho riesgo. Hoy quizás únicamente se haga esta faena en Zahariche, de los Sres. Miura (Eduardo y Antonio). Los Miura no cambian ni de número ni de nombre de una generación para otra desde hace siglos.
Otra importante y arriesgada faena son los encierros, los apartados de las corridas para su envió a las plazas. Es muy importante hacerla sin aspavientos, apretando al ganado en el último momento, cuando ya no se puede volver. Salvador Domecq Diez tenía un viejo conocedor, Manuel el de Bornos, que encajonaba el toro él solo, en medio del campo subiéndose en el cajón y llamándolo con la raída chaqueta de paten, mirando a través de sus gruesos lentes. Pero ya no quedan hombres con ese valor y esa experiencia. Además, en los encierros hay que tener mucha precaución de que los toros no se astillen las astas. Esto los imposibilitaría para la lidia. El año pasado, al gran jinete y excelente ganadero, Antonio Miura Martínez, encerrando una corrida en Zahariche, un toro le dio un arreón impresionante que sólo resiste un experimentado jinete y veterano en estas lides como es Toto Miura.
Las faenas que se realizan con el ganado bravo son difíciles y peligrosas. Necesitan mucho tacto, conocimiento, intuición y valor.