Hemeroteca :: 01/01/2008
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Última actualización 01/01/2008@00:00:00 GMT+1
La ganadería gaditana posee una de las manadas de asnos andaluces más importante de Andalucía. Tozudos ejemplares que no tienen nada que envidiar al imponente toro o al fogoso caballo del mismo nombre.
Dicen de sus toros de lidia que tienen la estampa más bella de la cabaña nacional. De sus caballos, que han pasado a la historia por su sobrada clase y fogosidad. Sin embargo, poco o nada sabíamos de su nutrida colonia de pollinos. Descubrimos los burros de Cebada Gago, la tozudez en estado puro. El grupo de asnos lo integra un total de cuarenta y tres ejemplares: veintiséis burras, un semental, cinco burritas de cuatro meses, dos de unas semanas, dos machos de dos años, cinco machos de año y dos ruchas de un año. La colonia comparte pasto y escenario con la bravura de la ganadería taurina. Qué valor. De que haya equilibrio en la fauna se encargan Alicia, nuera del propietario, y Manuel Flor Parrado, hombre de confianza de La Zorrera, finca en la se cría una de los encastes más prestigiosos de España. Los burros de Cebada Gago son de raza andaluza, una especie en extinción, situación en la que también se encuentran la zamorana o la catalana. Para los Cebada, la familia de burros es igual o más importante que su afamada piara de bravos. Resulta que el cuidado de los asnos es un legado que ha ido pasando de generación en generación desde hace décadas. De hecho, Manuel Flor recuerda que cuando entró a trabajar en la ganadería de Cebada Gago, hace treinta años, “ya estaban los burros aquí”. Y seguirán, a juzgar por el desmesurado cariño con el que los Cebada Gago tratan al grupo de burros. Con todo, en la ganadería tienen claro que, aunque los burros son un tesoro heredado, hay que dar salida a los ejemplares para que la población no se vea masificada. Alicia y Manuel explican que los clientes pueden pagar por un ejemplar de raza asnal andaluza entre mil y mil trescientos euros las hembras y unos trescientos euros los machos, aunque “esto varía en función de cada caso y del trato que se haga”, apunta Alicia. Buscando ruchas Las ruchas, las crías más jóvenes de burro, son las que mejor se pagan, y conviene destacar que a pesar del nutrido grupo de asnos que convive en la actualidad en La Zorrera, a unos treinta kilómetros de Jerez, los encargados de la ganadería deben buscar puntualmente sangre nueva para evitar la consanguinidad en la manada. Aunque la raza andaluza de asnos se ha popularizado bastante en los últimos años por toda España desde que se alzó su voz para denunciar su acelerado camino hacia la extinción, lo cierto es que es en Andalucía donde se encuentra la mayor y mejor parte de la cabaña nacional de pollinos de esta raza, al igual que ocurre con la catalana y la castellana. El desarrollo industrial ha sido el hecho histórico responsable del olvido paulatino de este simpático animal que hoy ocupa esta sección por su parentesco lejano con el caballo. El asno ha sido un trabajador infatigable que aún hoy continúa dejándose el lomo por determinados rincones de nuestra geografía, aunque de manera absolutamente minoritaria. Pero la tradición, el romanticismo y el deber social han sido la tabla de salvación de los burritos andaluces. Tradición porque hay quien continúa empleando al burro como herramienta de trabajo; romanticismo porque “esta manada ha pertenecido a nuestra familia y no queremos deshacernos de ella”, apuntan desde Cebada Gago; y deber social porque no se podía permitir que el burro andaluz desapareciera de nuestro listado de razas autóctonas. Así, tanto administración autonómica como central han unido sus esfuerzos y, sobre todo, su dinero para mantener viva la historia de Andalucía, donde indefectiblemente el burro ha escrito su capítulo. Sin duda, un paraje incomparable el de la finca La Zorrera, de Cebada Gago, en la campiña andaluza, donde se cría el ganado en libertad (toros, caballos y burros) en un mismo cerco. Cae la tarde y volvemos a la casa mientras Manuel se despide del veterinario de la finca. Para el coche y se baja súbitamente; ha visto que uno de los caballos que está junto a los burros tiene algo clavado en un ojo. Avisa al veterinario, quien le da una pomada para que se la aplique al día siguiente, pues ya es casi de noche y resulta imposible coger a un “cebadita”. Manolo es el alma de la ganadería porque, al llevar al frente de la casa más de treinta años, se toma los asuntos relacionados con la ganadería con mucho cariño, como si fuera suya, vamos. Es complicado encontrar ya a uno de estos personajes al frente de una finca o una ganadería porque, sin duda, es muy importante contar con una persona de confianza. Orgullo asnal La ganadería Cebada Gago, al igual que el resto de ganaderos de asnos, recibe subvenciones de la Unión Europea, del Ministerio de Agricultura y de la Junta de Andalucía por contribuir a mantener viva esta tradición. En La Zorrera sienten un orgullo especial al recordar que el de los burros es el hierro más antiguo de la casa y que, por supuesto, son igual de fogosos que sus compañeros de praderas, los toros y los caballos, sólo que los burros se han mantenido en un discretísimo tercer plano. Texto: V.B. Fotos: Horse PRESS Historia de una ganadería de bravura Buscando el encaste propio El 1 de enero de 1940 regresa de la guerra a Paterna de la Rivera (Cádiz) Salvador García Cebada Gago y comienza a trabajar con su tío, José Cebada Gago. Por aquel entonces, José poseía la finca Arroyo Hierro y tenía arrendada la finca Los Arquillos. En ambas se compaginaba las labores agrícolas con la cría del ganado. Salvador frecuentaba espectáculos de acoso y derribo, al que también era aficionado como espectador. En una de esas ocasiones conoce al genial Juan Belmonte, consumado garrochista al que cambia un caballo por tres vacas de desecho del hierro de Belmonte, además de prestarle un semental durante un par de años. Se empieza a cruzar este semental con las vacas broncas que había en la casa y con las tres del hierro Belmonte. Los becerros que nacen se venden en los pueblos de los alrededores para festejos sin caballos. El semental prestado se devuelve y se compra otro también del hierro de Belmonte. Al poco tiempo, y gracias a la afición de Salvador por el ganado bravo, se compran treinta y seis vacas a Carlos Núñez, de las que algunas venían paridas y otras preñadas. A éstas se les echó el semental que habían adquirido y criaron alrededor de cien vacas sin tentar. Este ganado se herraba con el hierro de Salvador García Cebada, actual hierro de la casa. Fue entonces cuando José Cebada decide comprar el hierro a Cristina de la Maza (1945). Junto al hierro de Cristina de la Maza compró también todo el ganado que tenía, alrededor de ciento cincuenta cabezas entre machos y hembras. Se tentó y se retentó todo; los machos los toreó Luis Parra “Jerezano”, eliminándose todo, con lo que sólo quedó el hierro de Cristina. Se retentaron entonces las vacas que se habían comprado a Carlos Núñez, junto con los productos que ya habían estado dando en la casa. Todo lo que no gustó se le echó a las vacas mansas y con lo que se aprobó arrancó la ganadería. Por aquel entonces se compró la finca La Zorrera, en Medina Sidonia, cuyas tierras lindan con Los Alburejos, de Álvaro Domecq. Gracias a la amistad que unía a Salvador con Álvaro Domecq Díez compran un lote de algo más de setenta vacas a Juan Pedro Domecq Díez, que se reparten entre los dos, introduciendo así el encaste Jandilla en la ganadería. Esta amistad fue trascendental en la ganadería, pues gracias a ella Álvaro prestó durante muchos años diferentes sementales de procedencia de Carlos Núñez. Con todo esto y fundamentalmente con la ilusión, el trabajo y la afición de Salvador García Cebada y con la ayuda en estos últimos años de sus hijos, se ha conseguido crear una ganadería legendaria que transmite emoción a los aficionados y exige a quien se pone delante el carné de torero y sobretodo podemos hablar que ha conseguido crear un encaste propio.
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