Opinión/Firmas
Bajo de Guía
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| Javier HIDALGO |
Última actualización 01/07/2007@00:00:00 GMT+1
Hace aproximadamente un año elogiábamos en esta misma columna la brillante iniciativa de José Manuel Soto al proyectar y organizar con todo éxito un raid hípico a través de los espacios naturales de Andalucía. José Manuel, que como es bien sabido ha promocionado nuestra comunidad autónoma dentro y fuera de sus lindes, incluyó en la competición una etapa a través de Doñana que sin duda fue la guinda del pastel.
Pero he aquí que para la edición de este año, lo que será el II Raid Hípico Tierras de Al Andalus, los responsables del Parque no han autorizado el paso de los competidores por la vía pecuaria que enlaza Sanlúcar con Almonte atravesando el viejo cazadero real, sino que solo lo han permitido a lo largo de la playa atlántica. Han aducido el “impacto” que el paso de los jinetes pueda causar al medio y su teoría de que un parque nacional no está para eso.
A mí me gustaría saber qué entienden estos funcionarios políticos como utilidades de un parque nacional, aparte de ser un magnífico pretexto para justificar presupuestos millonarios que se entierran en inútiles proyectos de conservación muchas de cuyas partidas, comisiones y demás, van a parar según los rumores circulante a empresas de amigos y parientes. Se comprende la negativa si la petición hubiera venido del colectivo de motos de cuatro ruedas para organizar una carrera campo a través por las dunas, los cotos y la marisma. Pero dar una respuesta negativa a la petición de paso de 60 caballerías por una vía cuyo origen ancestral se debe al tráfico ganadero, se nos antoja decisión caprichosa que raya en el abuso de poder. Máxime cuando acaban de pasar debidamente autorizados por la misma senda, más de 2.000 caballerías, acompañadas de infinidad de vehículos mecánicos y en son de romería.
Y en cuanto al “impacto” que las 60 caballerías y sus jinetes puedan ocasionar al medio es inexistente comparado con la actividad de estos gestores que para justificar más presupuestos, translocan pollos de aves amenazadas, colocan collares a los linces y arneses a las águilas, escalan hasta los nidos para medir crías y pesar huevos y llegada una Semana Santa o un puente festivo, ponen a disposición de los políticos o sus familiares y amigos todos los vehículos oficiales del Parque para que deambulen por esta especie de cortijo privado que han hecho del cazadero real de Las Rocinas. Resulta además paradójico constatar que en un espacio donde el vehículo tradicional utilizado ha sido el caballo, los responsables no hayan diseñado aún un programa de visitas que se sirva de este medio de transporte.
Cuando las poblaciones de águilas y linces eran florecientes en Doñana, la vía pecuaria era transitada con libertad absoluta por las personas y el ganado. Ahora que no hay águilas ni linces, se prohíbe el paso de 60 caballos que no van a hacer más que perpetuar una tradición, un valor inherente al Parque y lo van a hacer de forma deportiva. Las conclusiones parecen bastante evidentes.