Otros reportajes
Última actualización 01/12/2005@00:00:00 GMT+1
El rejoneador, ganadero, ex alcalde de Jerez y escritor expiró el pasado 5 de octubre en su finca jerezana Los Alburejos después de soportar una larga enfermedad. El mundo del toro engrandeció con su presencia aún más la figura de la persona que revolucionó el Rejoneo durante la misa de exequias, celebrada en la Catedral de Jerez
Una tranquilidad inusual inundó el pasado miércoles 5 de octubre el patio de cuadras de la finca Los Alburejos, donde habitualmente el inconfundible sonido de los cascos de los caballos acariciando el pavimento alegraba la vida de Álvaro Domecq y Díez. Los mejores équidos de la casa se habían desplazado hasta el coso taurino de la Real Maestranza de Caballería de Sevilla para cumplir con su cometido: exhibirse ante el mundo. Un profundo vacío se apoderó de la finca y el corazón de Álvaro Domecq Díez, el precursor indiscutible de la ganadería equina y del hierro de Torrestrella, dejó de latir. Lo hizo a las once y cuarto de la mañana y a los ochenta y ocho años de edad después de soportar una larga enfermedad.
Álvaro Domecq y Díez (Jerez 1 de Julio de 1917) expiró rodeado de caballos, toros y naturaleza. Como él quería morir. Junto a él estaba su hija Fabiola y su nuera Maribel Domecq Ybarra. El afamado ganadero, rejoneador, escritor y ex alcalde de Jerez no pudo esperar el regreso de su hijo Álvaro, Alvarito, que se encontraba en Madrid junto a la Escuela Española de Equitación de Viena para ser recibidos por el Rey de España.
Su hijo Álvaro ha sido la persona que, probablemente, estaba más unida a Álvaro Domecq y Díez, su padre, personaje universal. Ha permanecido junto a su padre durante el penoso final de sus días e incluso bloqueaba su agenda laboral al menor indicio de recaída de su padre. Unos días antes de su muerte, Alvarito reconocía a Trofeo Caballo que “está estable, dentro de lo delicado que se encuentra, claro está”. Tanto era así que Alvarito decidió continuar con su agenda, siempre dedicada al mundo del caballo, el toro y el vino. Ese día tocaba caballos. Había quedado con la Escuela Española de Equitación de Viena, que está conmemorando este año el aniversario de su fundación. Tenían prevista desde hace unos meses una audiencia con el Rey de España, presidente de honor de la institución austriaca, recepción que fue finalmente cancelada, pues Alvarito partió hacia Los Alburejos nada más conocer el fallecimiento de su padre.
Álvaro Domecq Romero, profundamente afectado y apenado por la muerte de su padre, llegó por la tarde a la finca jerezana, donde se instaló la capilla ardiente y donde se fue sucediendo un goteo incesante de familiares, amigos y representantes del mundo taurino, ganadero y político.
Sus nietos, los afamados rejoneadores Luis y Antonio Domecq Domecq, que también se encontraban fuera de la finca en el momento de la muerte del conocido ganadero, fueron durante el día de la muerte los portavoces de la familia. Visiblemente emocionados (Antonio no pudo ni siquiera articular palabra), los hermanos Domecq Domecq atendieron a los medios de comunicación que hasta la finca se desplazaron. “Muchas gracias por las atenciones que tenéis con nosotros. Abuelo últimamente estaba bastante mal. Estaba dormido y ya estará en el cielo”.
A pesar de que el estado de salud de Álvaro Domecq y Díez era especialmente delicado desde hace varios meses, lo cierto es que el pasado 19 de septiembre su estado de salud comenzó a ser crítico. Desde entonces una unidad medica permaneció en Los Alburejos día y noche para controlar de cerca su constantes vitales. Esto no impidió que el octogenario anciano contrajera recientemente un virus que le obligó a trasladarse al hospital de Jerez. Una vez que se restableció fue traslado nuevamente a su finca “donde él quería morir” tal y como recordó su nieto Luis Domecq.
Su muerte ha sido como su equitación y como su persona, silenciosa. “No ha sufrido”, señaló su nieto. A primera hora de la mañana, y como era habitual, le tomaron la tensión y los niveles eran óptimos. Luego se quedo dormido. Eran las once y cuarto de la mañana, a la hora que se paró su corazón.
Referente del Rejoneo
Álvaro Domecq y Díez marcó un antes y un después en la historia del toreo a caballo. Uno de los hijos del bodeguero jerezano Juan Pedro Domecq Núñez de Villavicencio y María Díez Gutiérrez, Álvaro Domecq y Díez causó un enorme impacto en el toreo a caballo de su época, primera mitad del siglo XX. Su elegante e inconfundible asiento, su estilo campero y su juventud abría en 1935 una faceta totalmente desconocida para las nuevas generaciones de rejoneadores, que tomaban el relevo a la vieja escuela de Antonio Cañero. Rejoneó profesionalmente hasta 1952, fecha en la que pasó a la vida política.
Su profunda afición por el mundo toro y del caballo supo inculcarla a sus hijos, sobrinos y a sus nietos, que son hoy una reputadas figuras del toreo a caballo.
Su paso por la política local, provincial y nacional también marcó una época. El 21 de enero de 1952 se convirtió en alcalde de Jerez, cargo que ostentó hasta el 25 de octubre de 1957. Desde entonces y hasta 1967 pasó a ocupar el sillón principal de la Diputación de Cádiz, puesto que sustituyó por las Cortes Españolas, donde permaneció durante seis años.
Se fue una figura del toreo que deja una profunda huella en la tauromaquia a ambos lados de la barrera, como rejoneador y ganadero. Fue una figura de referencia y decano del toreo en el siglo XX. Si amó al caballo desde la infancia, el toreo ecuestre fue una afición repentina que le poseyó a los quince años. Desde entonces fue desentrañando los secretos de la lidia a caballo hasta rejonear en público después de la Guerra Civil.
Su paso por los ruedos fue espectacular. Domecq fue uno de los grandes responsables de la recuperación del toreo a caballo tras la contienda. Sus apariciones fueron esporádicas pero desde 1943 fueron continuas.
Domecq se midió a los más grandes de su tiempo, no solamente alternando con toreros como Manolete, su gran amigo, sino compitiendo en la arena con nombre míticos del Arte Ecuestre: Nuncio, Simao Da Veiga, Juan Belmonte, Conchita Cintron o el duque de Pinohermoso.
Domecq se retiró en 1949 aunque toreó en 1950 un festejo más y actuó en la despedida de su hijo Álvaro en Jerez el 12 de octubre de 1985 y en la alternativa de su nieto Luis en Ronda el 11 de septiembre de 1988 ya que fue el primero de una dinastía de rejoneadores.
En 1947 fue testigo de la muerte de su gran amigo Manolete y fue uno de los encargados de las tareas de albaceazgo de la herencia del torero. Domecq conoció estrechamente a Juan Belmonte y Rafael El Gallo, por lo que era dueño de un testimonio de referencia importante sobre la edad de oro del toreo.
Domecq adquirió la finca Los Alburejos y estableció una yeguada y una ganadería de bravos a la que le puso el nombre de la antigua Atalaya morisca que dominaba sus cerrados. Torrestrella. A partir de ahí comenzó a crear un encaste propio.
La gloria y la tragedia
La vida de Álvaro Domecq y Díez ha estado marcada por la gloria y la tragedia. Enterró a catorce hijos de los diecinueve que tuvo con María Josefa Romero Sánchez y a cuatro de sus nietas, que fallecieron en un trágico accidente de tráfico. Otro de los momentos más duros para el rejoneador fue cuando seis de los doce caballos toreros de sus nietos fueron brutalmente abrasados en el camión cuando regresaban de torear de la madrileña feria de Las Ventas.
Desde mediados de los años noventa, Álvaro Domecq y Díez era vicepresidente de Los Alburejos S.A, sociedad dedicada a la agricultura y ganadería. Además de ser autor de libros como El toro bravo o Mi vereda a galope, el veterano rejoneador y ganadero logró acumular un sinfín de distinciones a lo largo de su vida.
El último adiós a esta mítica figura del toreo se lo dio más de un millar de personas, entre numerosos amigos, toreros, ganaderos, políticos, en la Catedral de Jerez.