Opinión/Firmas
Desde Jerez
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| Felipe Morenes y de Giles |
Última actualización 01/12/2005@00:00:00 GMT+1
El fallecimiento de nuestro protagonista ha originado un torrente de opiniones, recuerdos y elogios. Me hace reflexionar, utilizando un cantarcillo que José María Pemán le dedicó a la Virgen de Consolación: “Sevilla tiene que tiene una torre alta y ligera”. Esas estrofas las traslado a D. Álvaro: “D. Álvaro tiene que tiene. . .” La explosión de dolor popular tiene su origen en algo más profundo que una bella e imponente estampa a caballo. Más que la capacidad de crear una estirpe de toros bravos. En su partida hay un algo más que enamora, atrae, que nos infunde admiración y respeto. Ese algo es un alma grande, espiritual, impregnada de religiosidad, amor al prójimo y principios. Hay un hecho que me sacudió el alma al conocerlo: su funeral fue el mismo día del aniversario de San José Maria Escriva de Balaguer, el Santo fundador del Opus Dei. Desde Los Alburejos al Cielo el camino es corto y luminoso. Yo he rezado con él y puedo dar fe de su profundidad religiosidad, de su humanismo. Inspiraba confianza y respeto por su personalidad.
Fue superlativamente generoso, con profunda sensibilidad. Dijo Jesucristo en los Evangelios: “que tu mano derecha no sepa lo que hace la izquierda” No había persona necesitada que la mano de D. Álvaro no socorriese. Un día, la hija de un famoso cantaor de Jerez, el Borrico, me pidió una limosna para comer y me dijo: “siempre me ha sostenido D. Álvaro, pero como ahora está tan malito. . .”.
Era el último superviviente de una generación de hombres místicos, espirituales. Una extraña mezcla entre lo taurino, lo poético, el arte y la muerte. La belleza reflejada en el patetismo. D. Álvaro bebió en la fuente senequista de Juan Belmonte, profundos amigos. Ambos, con distancias y matices, tenían el mismo empaque, la misma actitud altiva ante la vulgaridad. Belmonte, exhalando el humo de un habano, con los ojos entornados y su pronunciado mentón apuntando a las estrellas, es la sublimación, la quintaesencia de la espiritualidad.
Sí señores, una letanía de andaluces poéticos, románticos, taurófilos, jinetes, camperos, enamoradizos, que comienza con Fernando Villalón, los bandoleros, los grandes toreros poetas del veintiocho, los pensadores, los artistas y los Santos. Todo este complejo mundo se encerraba en D. Álvaro Domecq y Díez. Por eso lo admiramos y lo añoramos. Dios lo tendrá seguro en la gloria eterna en lugar preferente. Amén.