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Última actualización 01/08/2005@00:00:00 GMT+1
El portuense Antonio Ariza, que levantó la división de las bodegas Domecq en México y creador de la raza de caballos Aztecas, una raza que nació en Andalucía, murió a finales del mes de mayo
a los 84 años de edad
Antonio Ariza, un portuense que levantó la delegación de las bodegas Domecq en México en 1948, murió el pasado 26 de mayo a los 84 años de edad dejando una leyenda que pasa por el mundo del brandy de esta firma bodeguera, una importante y profunda afición al toro y la creación de una de las razas equinas más populares de aquel país: el caballo azteca, que se creó con yeguas de Pura Raza Española de casa de Álvaro Domecq Romero.

La biografía de Antonio Ariza parte de unos orígenes humildes pero que se eleva al contacto con los grandes mitos de la segunda mitad del siglo XX. Por su rancho pasaron las más destacadas personalidades del mundo taurino en Hollywood y la más alta oligarquía de México.

La vinculación de este portuense con el mundo del caballo comenzó a forjarse en la década de los setenta, cuando presenció en directo y en compañía del Rey de España el espectáculo ecuestre ‘Cómo bailan los caballos andaluces’. El escaso respaldo popular que entonces tenía en Jerez la Real Escuela del Arte Ecuestre, fundada por el ganadero jerezano Álvaro Domecq Romero, hacía que la institución se sostuviera en una cuerda floja hasta que fue descubierta por Antonio Ariza, que animó a Alvarito a “seguir para adelante”, tal y como recordaba recientemente el ganadero jerezano. Antonio Ariza no sólo aplaudió calurosamente el proyecto del ganadero y jinete jerezano sino que desembolsó un millón de pesetas de entonces para que la Escuela no naufragara. Aquello ocurrió el 16 de mayo de 1976 y desde entonces la trayectoria de la institución ecuestre jerezana ha sido ascendente.

Antonio Ariza fue además el responsable del apego del pueblo mexicano hacia los caballos andaluces y hacia la propia Escuela Ecuestre. Medió para que el espectáculo ecuestre cruzara el charco, convenció a los empresarios de aquel país para que respaldaran económicamente las galas de aquella incipiente Escuela y consiguió cerrar 36 espectáculos, todos ellos con un abrumador éxito. “Tenía unas grandes ideas, era además un gran aficionado al caballo y se marcaba unas metas que siempre alcanzaba”, señaló Álvaro Domecq.

Pues bien, una de estas ideas, que por cierto catapultó al portuense afincado en México a la fama ecuestre mundial, fue empeñarse en crear una raza pura de caballos en México. Para ello recurrió a la genética ganadera de Alvarito. Se llevó cuatro yeguas de Pura Raza Española del hierro de Casa de Alba de las seis que tenía Domecq y comenzó a cruzarlas con caballos charros. El resultado: caballos diferentes, singulares, mexicanos, andaluces... El caballo Azteca, hoy mundialmente conocido por el empeño personal de “una gran persona, un hombre querido, un jerezano, un mexicano”, tal y como lo recordó Álvaro Domecq.

En 1969 la visionaria idea de este gran caballista hizo que México tuviera, al fin, una raza equina propia, como la tienen otros países como España o Inglaterra. Se empezaron a definir las características que debía reunir esa raza equina destinada en primer término para satisfacer plenamente los requerimientos del deporte nacional por excelencia (la charrería): una alzada cómoda, un caballo rápido, fuerza, temperamento adecuado, noble y buena estampa. Grandes caballistas mexicanos, con el apoyo de expertos en zootecnia y genética analizaron diversas opciones de cruzamiento y se consideró que aquel valioso intento debía iniciarse cruzando caballos andaluces de pura raza y yeguas cuarto de milla. El semental andaluz por su gran estampa, aires especiales, espectaculares movimientos y singular belleza y la yegua cuarto de milla con fuerza y versatilidad. Este cruce entre estas razas dio origen al caballo mexicano, más conocido como caballo Azteca.

Antonio Ariza era un personaje importante en México y de su muerte se hicieron eco los principales diarios mexicanos, como Crónica, que en su reseña le definía como “un soñador que vio en los desiertos de México la posibilidad de recrear su Jerez natal”.

La Charrería
A la charrería se la ha denominado como el deporte nacional de México, debido a que el pueblo mexicano siempre ha estado muy ligado a los caballos. Durante muchos años las faenas de campo se llevaban a cabo en briosos caballos que lo mismo servían para cortar ganado que para el labrado de la tierra y un sin número de actividades. Los campesinos tuvieron en él su mejor herramienta de trabajo y a la postre su mejor arma pues gracias a la gran habilidad que desarrollaron los campesinos como jinetes se llevó a cabo la revolución. Posteriormente no se perdió el gusto por las faenas de campo y las suertes que se realizaban en el campo fueron trasladadas a los lienzos charros. Así es como nacen las suertes como las calas, las ternas, los piales, las manganas y las escaramuzas, donde la mujer mexicana toma parte en el deporte nacional. El caballo de Raza Azteca tiene las cualidades que se requieren para llevar a cabo estas suertes, pues cuenta con una boca muy dócil, unos cuartos traseros fuertes y rápidos, un temperamento brioso, unos ágiles movimientos, nobleza, cañas fuertes, buena alzada y una presencia espectacular.
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