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Última actualización 01/06/2005@00:00:00 GMT+1
El prior de la Cartuja de Jerez, Pedro Moreno de la Cova, que fue jinete antes que monje, concedió antes de trasladarse a Corea el privilegio de exhibir el primitivo hierro cartujano a la yeguada del Bocado, originariamente propiedad de la orden religiosa. Se trata de una campana de 1484 que ya se ha tatuado en varios ejemplares cartujanos
Resulta difícil señalar con exactitud el origen y el motivo que llevó a los monjes cartujos instalados en Jerez en 1484 a levantar la que posteriormente se convirtió en la ganadería caballar más importante del planeta, pues su sangre se ha incrustado en mayor o menor medida en todas las yeguadas actuales. Por tanto, todo aquel dato que no esté recogido en los archivos documentales de la yeguada Hierro del Bocado o en el disco duro de los ordenadores del Ministerio de Cultura, donde se encuentra microfilmada la centenaria historia de los monjes cartujanos, es indiscutiblemente leyenda.

Sin embargo, existen datos y documentos históricos que dejan entrever la importancia que para esta comunidad de religiosos tuvo el lote de caballos de Pura Raza Española, posteriormente llamado de estirpe cartujana. Entre estos se encuentra la apasionante historia de su hierro. Fueron los propios monjes los que eligieron el molde de hierro de una campana para marcar las nalgas de los potros que nacían entre las paredes del monasterio. Corría el año 1484 y tanto la práctica del herrado como la enseña se mantuvieron intactas hasta 1810, época en la que la Guerra de la Independencia alcanzaba su punto más álgido. Los monjes tuvieron que echar el cerrojo a La Defensión y abandonar el templo en busca de otras Cartujas, concretamente las de América del Sur. Evidentemente y como caracteriza a esta singular orden religiosa, el grupo de monjes salió del edificio con lo puesto: el hábito y las sandalias. El resto del patrimonio, una importante colección artística y el ganado, se quedó abandonado a su suerte. De la primera parte se sabe que los franceses fueron los responsables del tremendo expolio que sufrió el templo. La segunda en cambio tuvo diferente destino. El presbítero Juan José Zapata Caro, persona de confianza de los religiosos, se encargó de ‘esconder’ las reliquias equinas en la sierra, donde los franceses no podían acceder ni soñando debido al férreo control que sobre la zona ejercían los bandoleros. Puede que por esta razón, el cine y los retratos pictóricos devuelvan a nuestros días la imagen de reputados bandoleros a lomos de soberbios caballos de Pura Raza Española. Es decir, es bastante probable que se tratara de estos ejemplares.

En manos de un presbítero
Pues bien, al pasar el ganado a manos de este clérigo el hierro cambió de forma. Es decir, la campana se sustituyó por la conocida figura de un bocado de embridar. Sin embargo, también en este apartado de la historia cartujana hay falta de documentación. No existen datos que aclaren los motivos que llevaron a Juan José Zapata Caro a modificar la tradición del herrado y mucho menos el cambio del dibujo, pero el caso es que la forma del hierro adoptado por el clérigo evoca de una forma inequívoca a la fachada interior del soberbio monasterio. Lo que sí se sabe es que Zapata mantuvo la ganadería a salvo, así como su historia, hasta 1857, fecha en la que cedió la ganadería al jinete y ganadero jerezano Vicente Romero García, quien le añade al afamado dibujo del bocado una C sobre el puente de la brida. Una vez más hay que echar mano de la leyenda. El motivo por el que se adorna la conocida H de los caballos cartujanos no está escrito pero variables existen varias. Puede que el propio ganadero Vicente Romero quisiera diferenciar su ganado bravo, al que herraba con la hache a secas, del equino, al que marcaba con la hache coronada con una C. O puede que simplemente resaltara la categoría de cesión en la que se encontraba dicho patrimonio ganadero. O, por qué no, para recordar la procedencia de dicho ganado: la Cartuja.

En cualquier caso, la hache coronada con la letra C es el hierro que hoy día identifica al legendario ganado cartujano, fuertemente castigado por la historia. Bueno lo era, pues el prior de la Cartuja, Pedro Moreno de la Cova, vendió definitivamente el originario hierro de la campana, que inexplicablemente había sobrevivido al expolio francés, a Expasa antes de su marcha hacia Corea, en 2001, cuando los monjes de la orden francesa tuvieron que abandonar el monasterio por falta de vocaciones.

El valor de la forja
Tanto la campana como la hache coronada con la letra C se encuentran en el guadarnés de la yeguada de La Cartuja, situada a pocos kilómetros de la ciudad, cuna del caballo español actual. En resumen, madre de las ganaderías de todo el planeta. La venta del primitivo hierro cartujano, hecho que se materializó a principios del siglo XXI, es decir seiscientos años después de que fuera forjado, y al que asistió el entonces presidente de Expasa, Manuel Beltrán, y el propio monje Pedro Moreno de la Cova, se recoge en un contrato de compra-venta en el que existe una cláusula que obliga a Patrimonio del Estado, de quien depende a todas luces la yeguada, a devolver a la orden francesa de San Bruno el hierro de forja en caso de privatización de la yeguada.

Pero hay más curiosidades. La ley de Patentes y Marcas obliga a la yeguada del Bocado a hacer uso de la marca, es decir, del hierro de la campana, pues de lo contrario se vería obligada a devolver la barra de hierro forjado a su lugar de origen. Vamos, que está obligado a marcar a los caballos con el primitivo dibujo cartujano. Es aquí donde surge un nuevo problema. Desde el punto de vista clínico, se trata de un complicado hierro, pues sus cerrados trazos de forja comprometen seriamente el riego sanguíneo en la zona de la nalga a marcar. Sin embargo, el equipo clínico de la yeguada ha encontrado la solución al problema: una reproducción mejorada en cobre que se implanta en frío y con anestesia, de forma que el animal no sufre el dolor del elevado calor al que tradicionalmente es tatuado el símbolo.

Ahora bien, lo que la dirección de la ganadería tiene claro es que no todos los animales que nazcan se herrarán con la campana. Serán sólo unos pocos los afortunados en llevar en la nalga izquierda el peso de la historia. Estos pocos ejemplares llevarán además tatuada en la nalga derecha la tradicional hache que da nombre a la finca El Suero. El experimento se ha probado ya en la piel de dos yeguas: ‘Habana VII’ e ‘Hilandera XI’.

Una tartana de regalo
El profundo amor que el prior de la Cartuja sentía por estos animales, Pedro Moreno de la Cova, un experimentado jinete sevillano antes de ser cartujo, le llevó a mantener unas excelentes relaciones con los responsables de la yeguada de La Cartuja. Ha sido el último cartujo de esta ciudad y puede que el más comprometido con el día a día de la cercana finca en la que pastan los caballos que hace siglos fueron de su orden. También antes de su marcha, Moreno de la Cova regaló a la yeguada el carro de enganchar en el que los monjes iban y venían de la ciudad para hacer la compra. Se trata de una tartana de dos ruedas en madera color verde carruaje con la cubierta de lona blanca, muy angosta por dentro. Una pieza única en España, y es muy probable que en el mundo, elaborada por ellos mismos durante la primera mitad del siglo XX, que se encontraba abandonada en un pajar dentro del recinto religioso. Desde hace unos años, la reliquia se exhibe en el pequeño museo de la yeguada, que se puede visitar durante los días del espectáculo.
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