Última actualización 27/01/2011@07:20:40 GMT+1
A mediados del pasado siglo XX recorrió, con la compañía tan solo de dos caballos, la enorme distancia que separa las ciudades de Buenos Aires en Argentina y Ottawa en Canadá
Una gaucha del siglo XX.
Inmersos ya desde hace unos años en el por mucho tiempo anhelado siglo XXI, debemos considerar ahora el pasado siglo XX como parte de nuestra historia. Es así que en esta serie de reportajes que tratan de rememorar las vidas y andanzas de extraordinarias mujeres de “a caballo”, y que hemos bautizado bajo el epígrafe de “Amazonas históricas”, podamos y debamos tratar de las aventuras y peripecias varias de una mujer que vivió mediado ya el siglo pasado. Y no por ello, como a continuación comprobaremos, su hazaña deja de tener valor e importancia.
Ana Beker nació en Lobería, provincia de Buenos Aires. Hija de padres letones que trabajaban como campesinos y agricultores, se crió en una chacra en plena Pampa argentina, a unos ochenta kilómetros de la ciudad de Bahía Blanca.
Excepcional amazona y gran amante de los caballos, desde niña le gustó montar a pelo y participar de las tareas del campo. Debido a ello siempre tuvo que luchar contra la incomprensión de una sociedad tradicional que no consideraba propio de las mujeres el trabajo en la granja y la afición a los caballos.
Su rebeldía.
Fue quizá esta falta de aceptación por su afición a las tradiciones camperas lo que la llevó a emprender sus primeras aventuras ecuestres, para demostrar que ella también podía participar de las mismas y vivir como un auténtico gaucho. Así realizó su primera cabalgata, desde La Pampa hasta Luján, y lo hizo montada sobre un pingo, ‘Clavel’: recorrió 1.400 kilómetros en 19 días. Y en el año 1942 acrecentó su reto marchando a caballo por todo el país: cabalgó la Argentina a lomos de dos caballos criollos, ‘Zorzal’ y ‘Ranchero’. Pronto emprendería su viaje definitivo, su gran gesta ecuestre.
En todos sus viajes Ana Beker vistió al modo gaucho, chaqueta corralera, botas de potro, bombachas blancas, sombrero de campo y pañuelo al cuello.
Su predecesor.
Ana Beker recorrió durante cuatro años, y con solo la compañía de dos caballos, la distancia que separa Buenos Aires de Ottawa, y lo hizo cerca de dos décadas después que Aimé Tschiffely. Y aquí debemos hacer un inciso para contar brevemente la historia de este profesor suizo:
En la década de los años 20 del pasado siglo, entre 1925 y 1928, un joven suizo sin experiencia ecuestre -había aprendido a montar recientemente- y ante la incredulidad de muchos, se convirtió en protagonista de una verdadera proeza ecuestre: junto a dos viejos caballos, ‘Mancha’ y ‘Gato’, de 15 y 16 años, que habían pertenecido a un indio de la Patagonia -vivían salvajes y libres en las pampas argentinas y según el propio Tschiffely “eran los más salvajes entre los caballos salvajes”- logró consumar con éxito un viaje que pretendía unir Buenos Aires con Washington.
Algunos decenios antes el mundo había descubierto la legítima importancia del caballo español. Tschiffely, historiador aficionado, tenía la intención de demostrar que el caballo criollo era el más resistente entre todos los caballos. Escribió: “Los caballos criollos son descendientes de algunos caballos llevados a Argentina hacia 1535 por don Pedro de Mendoza, el fundador de la ciudad de Buenos Aires. Estos animales pertenecían a la mejor raza de caballos españoles, famosos en esa época gracias al considerable aporte de sangre barba y árabe que corría por sus venas. La historia y la tradición confirman que son los mejores caballos en América”. Según la creencia de Tschiffely, los descendientes de esos caballos españoles fueron abandonados. Vivieron y se multiplicaron durante muchos años siguiendo las leyes de la naturaleza. Amenazados por los indios y por las fieras y viviendo en un territorio árido y en un clima difícil, sobrevivieron solamente los más robustos.
Aimé Tschiffely publicó un libro titulado Tschiffely's Ride, recientemente reeditado por The Long Rider's Guild Press.
La gran hazaña de Ana Beker.
Ana Beker anduvo prácticamente los mismos caminos que su ilustre predecesor, pero le ganó en términos de récords, pues lo hizo con el añadido de que desde Washington siguió hacia el norte, hasta Montreal y Ottawa, uniendo en su periplo ecuestre el frío Canadá y el continente gaucho. Sus andanzas, con multitud de complicadas experiencias de vida, de cultura y hasta de política, quedaron reflejadas en el libro La amazona de las Américas, aparecido en Buenos Aires en 1957 (ediciones La Isla), con prólogo del entonces famoso periodista Clemente Cimorra. De este viaje y de su protagonista humana el periodista español escribió lo siguiente:
“Se abrió paso a través de montes, selvas y ciénagas; ascendiendo a las altas cumbres; zozobrando y enderezándose en las corrientes de los anchos ríos. Todo ello en medio de calores tórridos y fríos extremos, azotes de lluvias, vientos y granizos; disputando heroicamente la continuidad de su viaje a los obstáculos que querían cerrarle el camino: la maleza enmarañada de la selva, la penuria de los medios económicos, los percances sobrevenidos a los caballos, los bandidos emboscados…’
La obra de Ana Beker, que recoge de un modo ameno y sencillo las vicisitudes de su aventura ecuestre, resulta ser un ilustre icono de la literatura de viajes del pasado reciente, además de un testimonio de la vida tradicional de campo de los países latinoamericanos, aquella que en el momento en que nuestra protagonista escribió el libro estaba ya esfumándose con la llegada de los avances tecnológicos y mercantiles.