Rejoneo

Antonio Cañero

En su 125 aniversario


Textos: José P. LOBO, PÉREZ y J. A. CARO


No queremos que el rumor se apague. Queremos que el rumor se convierta en público reconocimiento. Queremos que su figura ampare en la puerta grande de la plaza de toros de los Califas, a los que lo fueron del toreo, en la ciudad de Córdoba, y que ya figuran en ella, y en las de las demás plazas de toros de España. Méritos le sobran a este creador, señor y rey del rejoneo. La obra de don Antonio Cañero es uno de esos granitos de arena que engrandecen lo que ya es enorme: ¡Córdoba! Y a la que nosotros parece no le damos la importancia que se merece. Otros sí se la dieron. Y así lo hicieron en el libro “Cañero” del periodista portugués Rogelio Pérez publicado en 1927, un sin fin de políticos, intelectuales y artistas de la época. El mayor libro de recopilación de elogios hacia un torero nunca realizado.

Cañero es el revolucionario torero-jinete que rompe con las arcaicas reglas de un rejoneo decadente, anclado en el preciosismo de la doma ecuestre-doma barroca. El rejoneo, tras pasar por diversas vicisitudes históricas, había desembocado en un espectáculo amanerado en su vestimenta y ausente de riesgo, cuyo fin primordial era mostrar la doma del caballo y la destreza del caballero. Era el que conocemos como rejoneo a la portuguesa y donde sus rejoneadores reinaban. En el rejoneo a la portuguesa, el toro no se mata, por lo tanto durante la faena, no hay por qué quitarle fuerza, sino todo lo contrario, hay que mantenerlo vivo, entero, para el lucimiento del caballo y del caballero, siendo por ello las faenas más cortas y el ruedo de las plazas de toros portuguesas más pequeños. Además sus cuernos estaban embolados para no herir al caballo, con lo que el riesgo y la emoción eran casi nulos. La obra de don Antonio Cañero es la obra de un hombre de nuestra tierra, dedicado al toro y al caballo. Contempla el rejoneo como la lidia completa de un toro.

Cañero ejecuta a caballo los tres tercios tradicionales: suerte de varas, suerte de banderillas, suerte de matar. O lo que es lo mismo, cumple con todas las reglas del toreo: parar, templar, mandar y matar. Y si no mata a rejón de muerte, echa pie a tierra y se la da, incumpliendo las normas dadas por Felipe V, las que prohibían al caballero descabalgar y dar muerte al toro. Pero, además, como él torea a caballo, quiere entrar en sorteo con los otros matadores y torea en puntas como los demás. Incluso pide para él los de mayor cara y trapío, para aliviar a sus compañeros matadores de a pie.

Cañero lleva a las plazas el traje campero de los hombres de nuestra tierra. Lleva a las plazas la belleza y la elegancia del traje corto andaluz, el de sus faenas camperas, creando un espectáculo que cautiva a todos los públicos.

Cañero lleva a las plazas la síntesis de toda una vida. La lidia de un toro bravo a caballo, como lo hacen los hombres de su tierra, de Córdoba, de Andalucía. En la plaza a caballo, Cañero sueña lo que hacen en el campo; volar para quebrarlo, templar para matarlo. Y ante el toro, siente a caballo lo que se hace a pie, lidiarlo y después matarlo.

Don Antonio Cañero era cabeza de cartel en todas las plazas donde actuaba. Toreaba muchas veces, como los demás, sus dos toros y era el que más cobraba de la época. Semanarios taurinos como Crítica, en 1935 lo califican como “El Califa del Toreo a Caballo”. Nace en una familia donde su padre, militar y profesor de equitación, le inculca una profesión y desmedida afición por los caballos, pero su verdadera pasión es el toro, el campo, las faenas camperas.